sábado, 27 de octubre de 2012

APRENDER A VIVIR



     Tan esencial, tan indiscutible
     como un pecho desnudo de mujer desnuda,
     alzaba el vuelo la Atalaya
     como queriendo escapar
     del cuerpo del que era alma.
     Yo era pequeño y la pequeña Cieza crecía.
     Tengo un vago recuerdo
     de un río que era río vagamente,
     recuerdo que nos gustaba bañarnos
     y cruzar corriendo el Puente de Hierro.
     Un día aquel nombre nombró otra cosa,
     el pan de cada día era distinto,
     los setenta eran el dos mil,
     los vecinos eran desconocidos...
     y Cieza tuvo que aprender a vivir.

     Tan efímero, tan poco importante
     como el sol tras la ventana,
     brillaba en mis ojos la infancia
     como queriendo demostrar
     que, a veces, los cuerpos tienen alma.
     Cieza era pequeña y yo, pequeño, crecía.
     Tengo un vago recuerdo
     de un niño que era niño vagamente,
     recuerdo que le gustaba bañarse en el río
     y cruzar corriendo el Puente de Hierro.
     Un día mi nombre nombró otra cosa,
     la fe no tuvo sitio en mi mochila,
     los sueños ya no me dejaban dormir,
     aquella historia fue prehistoria...
     y nunca conseguí aprender a vivir.

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