miércoles, 20 de enero de 2021

EL HÉRCULES CONTRA FRANÇOISE

Corremos un riesgo enorme caminando a pecho descubierto por esta calle pero, qué quieren que les cuente, Eduardo Prada y yo vamos Conde Lumiares arriba. Con los huevos de corbata, eso sí. Y con la única compañía de mi padre, que está tranquilo porque no sabe de la misa la media. Por eso no cesa de darle a la sin hueso aunque Eduardo Prada y yo no le damos la réplica más que con monosílabos. Repasa la actualidad política más rabiosa. Aznar ganó las elecciones hace siete meses y medio, pero todavía me choca que alguien se refiera a él como presidente. 

Eduardo Prada y yo vamos fijándonos en las caras de los transeúntes con que nos cruzamos, viendo en todo el mundo un enemigo potencial. Qué estupidez. Nunca hemos visto en persona a la gente de Françoise, con lo que mal podríamos reconocer a nadie. Cómo demonios hemos llegado a esto. Cómo unos pardillos de diecisiete años hemos llegado a tocarle tanto la moral a un pez gordo de semejante calibre. Pero quién iba a imaginar que los tentáculos de la mafia de Quebec llegaran hasta Alicante...

No es que nos pasemos la vida encerrados en casa. Sin ir más lejos, si salimos de ésta, después del partido vamos a reunirnos en El caimán con Enrique Sánchez y Daniel Rivera. Y esta misma mañana he estado con mi padre en el mercado buscando el arreglo del arrocito de mañana. No hay peligro en estas movidas porque jamás repetimos un sitio, porque nunca vamos donde se nos espera. Lo jodido de esta tarde es que Françoise sabe perfectamente que Eduardo Prada y yo somos herculanos, así que el Rico Pérez debe estar infestado de sus esbirros. El tema es que es octubre y ya vamos penúltimos, que hoy viene un rival directo y que ni Eduardo Prada ni yo estamos dispuestos a quedarnos escondidos en un agujero mientras el equipo vuelve a segunda. 

El gentío se acumula en los exteriores del estadio. La buena respuesta de la afición y la gestión demencial de los accesos al Rico Pérez son las causas. Cuando, como habitantes de la fila india de los que esperan entrar, estamos parados frente a la pared en la que hay una pintada contra Antonio Guijarro, estoy a punto de cagarme encima al notar que alguien deja caer su mano sobre mi hombro. Cuando me vuelvo lívido, resulta ser un paisano que va hasta las cejas de prendas de ropa del Oviedo y que pregunta por la puerta de ingreso de los visitantes. Le indico aliviado pero, al marcharse el asturianín, todavía se lee el miedo en el rostro de Eduardo Prada.  

Conseguimos entrar al campo. Avanzamos por la preferente. La megafonía anuncia la alineación que Juanma Lillo ha dispuesto para la visita. No quedan muchos hueco libres en la grada. Y nosotros necesitamos tres asientos. Encontramos tres contiguos pero a mi padre no le convence la perspectiva del campo que ofrecen. No muy lejos descubrimos otra opción. Una butaca libre y, en la fila inmediatamente inferior, otras dos lindantes. Las ocupamos rápido. Esa ubicación sí agrada a mi padre. 

¡Marí!, exclama el speaker a través del altavoz. ¡Eeeeeeeh!, responde de la concurrencia. ¡Lledó! ¡Eeeeeeeh! ¡Pavlicic! ¡Eeeeeeeh! ¡Varela! ¡Eeeeeeeh! ¡Moj! ¡Eeeeeeeh! ¡Jankovic! ¡Eeeeeeeh! ¡Visnij! ¡Eeeeeeeh!¡Paquito! ¡Eeeeeeeh! ¡Artner! ¡Eeeeeeeh! ¡Amato! ¡Eeeeeeeh! y... ¡Alfaaaaro! ¡Eeeeeeeeeeeeeh! Ovación final para rubricar el once inicial de Ivan Brizic que culmina en el grito de ¡Heeeércules! ¡Heeeércules!

¡Hay pipas, chicles, caramelos, oiga! Algo huele a podrido en el señor que porta la cesta de frutos secos. ¿Cuánto hace que está por aquí? Lleva demasiado tiempo sin moverse de esta zona y no ha vendido un solo quico. Le sigo con los ojos. De pronto, el presunto pipero gira la cabeza hacia mí y nuestras miradas se cruzan un instante. Rápidamente, la vuelve hacia el otro lado. Pongo, con discreción, a Eduardo Prada al corriente de tales hechos. Me responde pidiéndome que no sea paranoico y diciéndome que es el mismo tipo de toda la vida. ¿Y? Si algo sabe hacer Françoise es comprar voluntades.

Mueven Alfaro y Amato. El Hércules se va hacia arriba. Balón colgado. Despeja Rivas. Peter Artner le pega desde la frontal y... ¡Fuera! Aplaudimos todos a pesar de que el austriaco la ha sacado del Rico Pérez. Pero ésta es una tarde especial. A partir de hoy, borrón y cuenta nueva. Todos a una y a remontar en la tabla. 

A ese disparo desviadísimo, se suman dos balones colgados que despeja sin mucha dificultad, la verdad sea dicha, la defensa carbayona. Ésa es toda la cosecha en el minuto quince. Como un aguijón, se me clava en la mente el recuerdo de que el lunes tengo un control de historia del arte con el padre Ángel. Es evidente que estoy bajo unas condiciones de presión e inquietud incompatibles con un examen, por muy parcial que sea. Pero cuéntale tú al cura la historia de Françoise... El que no tiene estos problemas es Eduardo Prada. Al ser de ciencias puras, no tiene historia del arte sino asignaturas mucho más asequibles tipo física y química y tal.

Balón de Moj al contrario. Silbidos acompañados de cientos de voces que corean el clásico !Aniceto, pestero! ¡Aniceto, pesetero! La paciencia del herculano medio, a pesar de la buena voluntad con la que ha acudido a este partido, tiene su límite y éste se ha desbordado tras treinta y tres minutos de absoluta inoperancia. Además, hace un rato que el Oviedo está rondando la portería de Miguel Marí. 

A pocos metros, un chaval intenta elevar la moral colectiva haciendo sonar un bombo. Sin embargo, sólo consigue irritar a los que le rodeamos. Sobre todo a mi padre, que se lo hace notar demasiado explícitamente para mi gusto. Ante el ambiente hostil, pronto detiene su incomprendida música de percusión. Y, entonces, justo entonces, en el minuto cuarenta y cuatro, Oli anota el cero a uno. 

Los primeros minutos del intermedio son un velorio. El Rico Pérez está todavía aturdido por el guantazo que lleva encima. Muy pocos hablan en los cuatro continentes de la preferente. Ese silencio general aúpa la frase que pronuncia un señor muy pasado de peso a unos quince metros a la derecha de mi padre. Hasta que no se vaya Vicente Companys aquí no hay ná que hacer. Eduardo Prada se pregunta en voz alta qué culpa tendrá el gerente en la lamentable primera parte que acabamos de ver. Yo, sin embargo, me fijo en la chica rubia que está junto a tan injusto obeso.

Es la rubia con la que se enrolló Enrique Sánchez en Casablanca. Eduardo Prada disiente. Cree que es la que se lio con Daniel Rivera el El núcleo. Bueno, lo mismo da. Tenga razón quien la tenga, es una persona con la que nos hemos cruzado dos veces en poco tiempo. Huele a Françoise que tira para atrás. Me cubro la cara de forma bastante pueril con la bufanda blanquiazul de punto que me hizo mi abuela cuando, por el túnel de vestuarios y a cuenta gotas, empiezan a retornar los futbolistas al terreno de juego.

A-lé-Heeeeer-cu-lés oeoeoeoeoeoeoé oeoeoeoeoeoeoé. Este cántico, no extraño en el Rico Pérez, arranca tímidamente cuando aún no se ha puesto el balón en juego. Lo que sí es raro es que, no sólo no se detiene tras tres minutos de segunda parte, sino que va creciendo poco a poco. Mi padre, muy poco dado a estas cosas, Eduardo Prada y yo nos hemos unido sin darnos cuenta a la voz colectiva. Cuando roba la pelota Alfaro y Jankovic remata fuera por poco, el incendio se ha extendido ya por todo el Rico Pérez.

Y, en el césped, asistimos al milagro de la resurrección de la carne. Unos jugadores que deambulaban muertos un rato antes se han convertido en un equipo que derrocha la vida en el ciento cinco por setenta. El Oviedo, antes dominador a placer, no es capaz de retener el balón. Jugada de Amato, remata Alfaro y Mora envía a córner con muchos apuros. 

A-lé-Heeeeer-cu-lés oeoeoeoeoeoeoé oeoeoeoeoeoeoé. Me pregunto por qué me resulta imposible dejar de cantar esto. Aún no me he respondido cuando veo el balón volar desde la banda derecha. No sé quién ha centrado, quién ha suspendido esa pelota en el aire para que Pavlicic, de un cabezazo, ponga el empate en la red. Me abrazo con mi padre, con Eduardo Prada y con el orondo censor de la labor del gerente, que da con sus huesos en esa zona llevado por la euforia. El grito de gol salta de una boca a otra durante dos minutos. E, inmediatamente, sin dejar un segundo a la razón... A-lé-Heeeeer-cu-lés oeoeoeoeoeoeoé oeoeoeoeoeoeoé.

Y de Varela a Visnij y de Visnij a Alfaro y Alfaro al poste. Y, después, otra ocasión y otra y otra. Tantas que no puedo creerme que éste sea el pitido final. Tantas que, a pesar de que el resultado es pésimo y nos deja en el fondo de la tabla, damos al equipo una gran ovación. Tantas que salimos del Rico Pérez todavía con la misma cantinela en los labios. Tantas que no me acuerdo de Françoise hasta que, ya sin mi padre, Eduardo Prada y yo empezamos a alejarnos del Rico Pérez y repaso en mi mente las partes del trayecto hasta El caimán en que podrían emboscarnos.

Y, sin embargo, no veo lo que tengo delante de mis narices hasta que estoy inmovilizado en el suelo enfrente mismo de Luceros. Los secuaces del gánster van con batas blancas, se hacen pasar por médicos y nos meten a Eduardo Prada y a mí en una especie de ambulancia. Estos tíos no se han molestado ni en agenciarse una sirena para disimular. Y cómo es la gente. Nos han secuestrado en una calle concurrida y créanse que nadie ha dicho ni Pamplona.

Siguen con la pantomima. Nos meten en un edificio con apariencia de clínica. Me separan de Eduardo Prada. Estoy solo en un cuarto. Enseguida entra un torturador disfrazado de médico. A saber qué estará dispuesto hacer este bestia para que hable. Sin embargo, el que no se calla ni debajo del agua es él. Habla y habla. Dice tantas cosas que me marea. 

Cuando se cansa, me llevan a otra habitación. Allí me reencuentro con Eduadro Prada. Le pregunto qué le han hecho pero, sin esperar su respuesta, le cuento que estos hijos de puta quieren hacernos pasar por locos. Dicen que todo es producto de nuestra imaginación. Que nadie nos persigue. Que no existe Françoise. Que no existe su organización mafiosa. Que, por no existir, no existe ni la rubia con la que se enrolló quién sabe si Enrique Sánchez o si Daniel Rivera... 

Eduardo Prada asiste incrédulo a mi narración y, cuando le pregunto cómo hacemos para deshacer aquel entuerto, reflexiona unos segundos hasta que me responde:

- Yo tampoco existo, gilipollas. No te fíes de nada de lo que veas. No te creas nada de lo que oigas. Estate seguro nada más que de dos cosas. Una, que lo de Dubravko Pavlicic ha sido un puto golazo. Y dos, que este año, a poquito que éstos metan la pierna, vamos a salvarnos. 

martes, 19 de enero de 2021

LA MEJOR FORMA DE SER INVISIBLE


Aunque no lo soy, me siento poeta,
que es la mejor forma de ser invisible,
un sistema enrevesado de hacer chas
a ver si una tarde aparezco a tu lado.

No tengo más virtud que el defecto ajeno.
Las cosas que no me pasan abren
todos los telediarios del domingo
y, claro, las multitudes me asedian 
en una calle que no encuentro en ningún sitio. 

Vivir esto tan jovencito me ha llevado
a adicciones invencibles, 
a versiones flamencas de canciones pop
y a la voz gigantesca de Félix Grande. 

En resumen, no me inquieta el plato vacío 
porque uno no ha perdido el hambre. 
Uno piensa seguir haciendo chas
hasta aparecer a tu lado alguna tarde. 

sábado, 16 de enero de 2021

EL CONTENEDOR VERDE


Esas mañanas achacosas
de domingo
en que acaban por convertirse
las noches, felices e ingenuas,
de sábado
cuando envejecen
suelo empezarlas contemplando
un número par de botellas
vacías de cerveza.
Cuando las saco de casa,
ya convertidas en basura,
siempre oigo su último pensamiento:
ya veremos quién 
está terminando con quién.
Entonces, arrojo esos cristales
al vacío y esa inquietud
se queda en el contenedor verde.

Sí, claro. Eso es vivir.
Hasta que nos quedamos sin un sitio
donde esconder los problemas.
El superviviente
es el que encuentra a alguien
como yo te he encontrado a ti.
Fue, allí, en el camino del azar.
Porque el amor, antes que nada,
es un cúmulo de casualidades.
Son dos que se cruzan
en el lugar adecuado
en el momento oportuno,
pero también dos que lo hacen
en el peor momento
y en el lugar menos indicado.
Nosotros, admitámoslo,
nunca llegamos a entender nada
pero nos reconocimos
cuando nos tuvimos delante.
Y cuidado con los charcos
que se sienten queridos
porque no dejan de ser charcos
pero se sienten más profundos
que los mares.

Vamos, que me interesa más
la realidad que se percibe
con los ojos cerrados
que la que muestran
unas lentes de contacto
perfectamente graduadas.
Creo que, por eso,
parezco un soñador
cuando se me ve desde lejos.
Más de cerca, ya se aprecia
que tengo manos de pianista
que no sabe qué hacer
con las notas musicales.

Me conozco. Soy así
pero, todas esas mañanas
de domingo,
deseo ser de otra manera.
Como el bicho que un buen día
se convierte en otra cosa.
¿Cuál? No sé. Cualquiera
para la que siga siendo ayer
o ya sea mañana.
Ése es el objetivo último
con el que escribo el primer verso,
imponer el uso horario
de la esperanza.
Sin más.

Sin más.
Termino este poema apurando
el último culín de rebeldía
y, en el instante en que pongo
el punto final,
escucho su voz amenazante
por encima de mi hombro.
Pero a éste no lo echo
al contenedor verde.
En este caso, no hay duda
de cuál de los dos
está acabando con el otro.





viernes, 15 de enero de 2021

LA METAMORFOSIS


Hizo preocupado
el camino hasta el espejo.
Al llegar, comprobó
en su rostro de cristal
que lo que había visto
en el mismo sitio
cinco minutos antes
no había sido producto
de un efecto óptico.

Efectivamente,
su propia barbilla,
su propia nariz,
su propia boca
habían dejado de ser
lo que habían sido
hasta unos días antes.
Ahora, sumaban
las facciones de un hombre 
que no quería ser.

Qué hacer era la pregunta
que no hubiera tardado
en responder el cerebro
al que estaba acostumbrado.
Sin embargo, esa tarde
su cabeza era incapaz
de emitir señal alguna
del camino que debía seguir
para escapar de la niebla.

Ni siquiera tenía sitio
para la esperanza
de encontrar la salida
ni dedicando a ello
el resto de su vida.
Ya no creía en él,
en tres semanas
había perdido diez Kilos
de confianza.

Se hacían las ocho
cuando tropezó
con una mesita
que, aun llena de objetos,
estaba completamente vacía.
El contacto con su rodilla
hizo que el mueble
escupiera al suelo la fotografía.
Sí, la fotografía de ella
con el rictus, ya perpetuo,
y los ojos quemados de negro.
Entonces, comprendió.
Ya no volvería a ver más
a través de la mirada
de esa mujer
su propia barbilla,
su propia nariz,
su propia boca,
su propio cerebro.
La soledad no era temer
que ella se hubiese ido
para siempre,
la soledad era saber
que él mismo
ya no iba a volver jamás.