viernes, 7 de febrero de 2020

EL ESTALLIDO

Rotación, traslación, nutación...
Yo busco el nombre del movimiento
que haces con los brazos al caminar.
En mis ojos no cabe
el mundo circular que desplazas
con el giro de tus manos
y la vida de tus caderas,
pero ellos se creen muy ojos
y apedrean la luz para buscar
tu mirada como el final
de un domingo tras el que todo
haya merecido la pena.

El final de la multitud,
que es el peor desierto,
y el estallido del corazón
al unir la tensión de nuestros dedos.
Besos me parece parca descripción
de la furia común de nuestras bocas
que he visto en el reflejo del sol
sobre el invierno de tus dientes.

El final de la civilización
y la llegada irrefrenable
de las lenguas a los cuellos
para gritar que estaba escrita
la destrucción completa de la ropa.

El final de la paz
y el derrumbe de mi tacto
sobre la población entera de tus pechos,
dejando al descubierto
cinco sentidos insuficientes
para abarcar el crecimiento
emocionante de tus pezones.

El final de la cordura
y la traducción del amor
a sílabas de aliento
sobre la desnudez de tu vagina.
Habrá que reconocer que sí,
que había felicidad
y que era una patria húmeda.
El final de los relojes,
el apocalipsis del espacio
y las tres dimensiones de tu clítoris
entre mis labios.






martes, 7 de enero de 2020

EL PLAN LIVERPOOL

Juan hubiera preferido un taxista que tuviera menos ganas de conversación que ése que le conducía al aeropuerto. Se sintió forzado a contarle el destino de su viaje, Liverpool, y el motivo de la visita. Un congreso médico. Por el simple placer de mentir, dijo que era oncólogo. Al taxista debieron quitársele las ganas de hablar y, en el silencio, Juan saboreó la sinrazón que realmente le llevaba a Liverpool. Como otros cinco amigos, había cumplido cuarenta años en dos mil diecinueve y los seis habían alquilado una casa en Roe Street para celebrarlo cumpliendo allí, una vez más, dieciocho.

Juan entró en el avión sin creerse que hubiera podido llegar tan lejos. Era la primera vez que pasaba solo por el viacrucis absurdo que forman acciones como la facturación o el embarque y, por un momento, se sintió un héroe por haber sido capaz de hacerlo. Viajaba solo porque era el único del grupo que partía desde Madrid. Los demás lo harían desde Alicante, ciudad natal de Juan, un poco más tarde. A su derecha se ubicó una sueca de Malmoe. A su izquierda, un argentino de Quequén.  No obstante, él nunca lo supo porque la conversación con ambos nació muerta con el saludo inicial.

Tras perderse dos veces en el aeropuerto de Liverpool y sufrir otro viaje eterno en taxi, Juan llegó a la casa. Sus cinco compañeros de viaje estaban repartiéndose las habitaciones. El acuerdo llegó enseguida porque el canto de sirena de los pubs les llamaba a salir de allí lo antes posible. Fue en uno de esos benditos locales, Ye Hall In Ye Wall, donde les conocí la noche de aquel viernes. Como testimonio de aquel encuentro, quedaron en la memoria de sus teléfonos varias fotos que se empeñaron en que nos hiciéramos a fin de poder demostrar a sus esposas que habían estado bebiendo conmigo. Cuando nos despedimos, vi cuánto les costó arrastrar el peso de su borrachera hasta la puerta. Pronostiqué en ese momento que ninguno conseguiría llegar hasta la cama, pero me equivoqué. Todos llegaron a acostarse antes de que el gallo cantara con toda su alma el triunfo, esperado e inapelable, del amanecer. 

El dolor de cabeza de un borracho es un perro fiel. Siempre va detrás de su dueño hasta encontrarlo, por mucho que éste se esconda bajo las faldas del día siguiente. A Juan, además de encontrarle, le mordió. Se acurrucó en la cama con la almohada sobre la cabeza tratando, así, de calmar el malestar sin éxito. Permaneció un tiempo en esa posición hasta que la necesidad de orinar le obligó a levantarse. El sonido de sus pasos, primero, y el de la cisterna, después, rompieron el silencio completo que reinaba en la casa. En menos de dos minutos, Juan había vuelto a su posición fetal entre las sábanas.

Juan ya no durmió. Permaneció unas horas aletargado y doliente en la cama hasta que un sol desconocido penetró con una fuerza tan mediterránea aquella ventana de Liverpool que se vio compelido a levantarse. Seguía sin haber ni el más mínimo movimiento en ninguna habitación. No le pareció extraño que ninguno de sus amigos se hubiera despertado, pero sí que no se oyera ni siquiera un giro involuntario de un cuerpo durmiente o un ronquido desabotonado. Se asomó tímidamente a la puerta de la habitación más cercana, pero al no ver a los pies de la cama parte alguna de cuerpo humano, entró en la estancia para tener una visión completa de ella. Estaba vacía. Fue recorriendo, una por una y cada vez más deprisa, todas las habitaciones de la casa. Ningún ocupante. Qué extraño. ¡Hola! ¿Estáis aquí? Preguntó al aire.

La hora le pareció a Juan demasiado temprana para que sus amigos hubieran salido a hacer turismo. Tampoco era posible, de haber sido así, que no les hubiera oído. Llevaba una eternidad dando vueltas despierto en la cama. Aturdido, se dirigió a su habitación en busca de su teléfono móvil para llamar a alguno de los ausentes. La batería estaba completamente descargada. Abrió el bolsillo de la maleta en que debiera haber estado el cargador, pero únicamente había una moneda de dos céntimos de euro. Revisó sin éxito el resto de compartimentos de la maleta, los dos cajones de la mesita que había a la derecha de su cama y, finalmente, cada rincón del cuarto. Recordaba haberlo visto en el aeropuerto. Debió dejarlo olvidado en la bandeja del control de seguridad. Recorrió otra vez los cuartos de sus compañeros por si alguno hubiera dejado su teléfono o su cargador. Nada. Tampoco en el resto de la casa. Ni siquiera había allí rastro de teléfono fijo alguno, aunque, en cualquier caso, de poco le hubiera servido. La costumbre de memorizar números de teléfono llevaba muerta veintitantos años.

Juan se sentó en un sofá a meditar la mejor forma de actuación en un escenario que, desde luego, era muy distinto al que esperaba esa mañana. Inmediatamente, la encontró. Resolvió ducharse, vestirse para salir a la calle y cargar el teléfono en el primer bar que encontrara. Diez minutos después, duchado y vestido, estaba frente a la puerta de salida de la casa. No consiguió abrirla a pesar de poner en ello todo su ingenio, toda su maña y toda su fuerza. Empujar, tirar y girar el pomo en todas las direcciones sirvió únicamente para desesperarle al cabo de poco menos de dos horas. Las llaves no estaban en el cenicero acordado por todos antes de salir de casa la noche anterior. ¿Se habían llevado las llaves y le habían dejado encerrado? Deseó fervientemente que aparecieran riéndose de él, pero no lo hicieron.

Dos horas después, Juan seguía solo. Con la cabeza en blanco y el culo en una silla de la mesa del salón hasta que escuchó aquello. Del intestino de la vivienda, surgió una melodía. Juan no sabía nada de música, pero le pareció que lo que sonaba era un violín. Se levantó e inspeccionó toda la casa buscando algún dispositivo que emitiera esa música. No dio con él. Probablemente, pensó, porque proviene del apartamento colindante. Era extraño, el sonido no es que fuera cada vez más alto, es que parecía, poco a poco, más cercano. Y más vivo, libre de las cadenas de cualquier altavoz. Sí, parecía que un violinista estaba tocando allí. Sin embargo, allí no había nadie.

No había nadie, no. O, al menos, Juan, no había visto a nadie, aunque, desde luego, había perdido todo deseo de buscar. El miedo le aconsejó quedarse en el salón y cerrar la puerta. Se sentó en el suelo con los ojos cerrados y las manos tapando, en lo posible, los oídos, pero eso no era suficiente para dejar de oír aquel bucle de notas. Abrió los ojos y, al hacerlo, vio unos pies de niño con sandalias blancas entre las patas de la silla en la que antes estuvo sentado. Cerró los ojos de inmediato, gritó sin voluntad de hacerlo y la música de violín cesó bruscamente.   

A Juan le hubiera gustado pensar que existía la posibilidad de que todo fuera producto de su imaginación, de la sugestión o de la ginebra. Pero sabía bien lo que había visto y oído. Se levantó  y fue hasta su habitación lo más rápido que pudo. Se metió en la cama y se quedó en ella tapado por la manta que había desechado, por innecesaria, la madrugada anterior. Tener todo el cuerpo, salvo una pequeña parte de la nariz por la que respirar, bajo esa prenda le daba una mínima y pueril sensación de seguridad que le permitía no acabar de ahogarse en el mar de pavor en el que estaba metido.

Juan no pensaba ni siquiera moverse. Estaba decidido a aguantar el picor que sentía en todo el cuerpo el tiempo que fuese necesario. Pensar en las palabras el tiempo que sea necesario le causó una herida en su espíritu de la que ya nunca consiguió recuperarse. Pero esa concreta inquietud desapareció en cuanto percibió un sonido que le hizo añorar la música de violín que antes le había provocado tanta desazón. ¿Era eso? ¿Estaba escuchando una especie de gruñido de un animal salvaje?

Las extremidades de Juan empezaron a temblar. Su cerebro no hubiera sido capaz de impedírselo pero, en realidad, tampoco se ocupó de ello. El cerebro de Juan sólo enviaba terror al resto del cuerpo. Cada vez, a medida que lo sentía más próximo, era más claro que se trataba del rugido de alguna fiera. Parecía avanzar lentamente. Pero avanzaba. Juan veía el negro que le ofrecía la manta sobre sus ojos, pero su mente traducía los ruidos amenazantes en imágenes espeluznantes. Y, entonces, todo se iluminó. Juan saltó de la cama convencido de huir y llegó a la ventana en dos pasos. Se arrojó desde ese octavo piso y comprobó que, realmente, uno no muere antes de caer al suelo en este tipo de caídas.





domingo, 5 de enero de 2020

LA SEGUNDA OPORTUNIDAD

Experimentó, justo cuando el tren realizaba los primeros movimientos de arranque, la turbación propia de quien no era capaz de recordar si, al final, había metido las bragas en la maleta. No iba a poder salir de dudas hasta que no estuviera en situación de abrirla. Supuso que encontrar una mercería abierta en Pamplona no sería tan difícil como lo era en Sangüesa, pero tener que dejarse dinero en eso se le representó al cerrar los ojos como un contratiempo muy nuboso.

Recostada en los asientos a su espalda, viajaba una incómoda conversación entre el párroco de Sangüesa y doña Elvira sobre la mujer muerta el mes anterior en el descarrilamiento de Huarte. Lucía había sentido esa desgracia, pero a kilómetros de distancia. Ni siquiera en ese momento, sentada en un asiento que perfectamente hubiera podido ser el mismo que ocupara la desdichada, le parecía posible que a ella le pasara algo así. Evidentemente, no se consideraba inmortal, pero estaba completamente segura de que su destino no era morir allí.

Tomó el periódico que algún viajero anterior, pensó, habría dejado olvidado en el asiento de su derecha. Miró la portada que, a duras penas, era capaz de contener en el papel la imagen de Serrano Súñer escoltada por una delegación de jóvenes italianos. Fantaseó durante unos minutos que su viaje tenía como destino alguna ciudad italiana. Roma, Florencia, Milán... qué más daba. No conocía ninguna y soñaba con todas.

Sin embargo, Lucía no se dirigía a Italia sino a Pamplona. Esa misma tarde se incorporaba como interna a la casa del señor Martínez-Goñi. No era él, ni su señora ni sus tres hijos, lo que más le imponía. La zozobra le venía de la inexperiencia. Había llevado una casa en todo el periodo en que su madre había estado enferma, pero aquello era poco trabajo. Sólo estaban ellas y su hermano Luis, que era muy poco exigente. La señora Martínez-Goñi sería harina de otro costal y ella debía evitar cualquier circunstancia que hiciera peligrar su permanencia en aquella casa durante el tiempo suficiente.

El Irati había cambiado desde la última vez que Lucía lo había utilizado. Fue antes de la guerra y lo hizo en compañía de su padre. No pudo recordar el motivo del viaje. Todo lo que rodeaba a su padre estaba envuelto por una niebla ensordecedora. El tren de aquella ocasión que se abría paso en su memoria no tenía ni un asiento libre y ese día sólo alcanzaba a sumar apenas diez personas a los trabajadores del aserradero. Eran otros tiempos. Entonces escaseaban los autobuses, ella aún tenía acné y a su padre no le habían fusilado todavía.

El padre de Lucía desapareció el mismo día en que la tropa de Mola entró en el pueblo. Una semana después, el tío Romera les contó lo del fusilamiento. Cayó junto a otros tres del sindicato. Ella recibió el mensaje de pólvora de aquellas palabras y se abrazó al hombre para no caer en su propio vacío. Un mes después fusilaron también al tío Romera.

Al dejar el periódico, la ventana gritó la belleza cruel de la foz de Lumbier y Lucía respondió dándole una segunda, pero momentánea, oportunidad a la infancia. Lucía, entonces, no sabía si fue el paisaje el que creó la naturaleza de su gente o si fue al revés y, sin embargo, ella misma ya llevaba dentro el choque histórico de dos fallas.

Un picor repentino llevó su mano al cuello buscando alivio pero encontró, además, el colgante que su madre le regaló la noche anterior. La vida de la madre de Lucía terminó el día que mataron a su marido. Se puso a coser para todas las doñas del pueblo pero no bastaba, así que fue recurriendo con frecuencia creciente al estraperlo, actividad que en pocas semanas le valió la condena sumaria de la vecindad. Claro está que el reproche no nacía de lo fraudulento de esa clase de intercambios mercantiles sino del hecho de que una viuda estuviera en compañía masculina cuando la noche subraya todo lo que pretende ocultarse.

Ya podían morder las palabras a su alrededor, que ella no pensaba dejar de hacer lo que fuese necesario por sus hijos. Además del amor incontrolable de una madre, le guiaba el ejemplo involuntario de su marido. Un hombre que distaba muy poco de ser analfabeto se empeñó en entrar, y después en permanecer, en el sindicato porque sintió el instinto salvaje de hacer algo que, pensaba, podía servir para arrancarle al patrón de los otoños un futuro para sus hijos. Ese recuerdo era una sangre añadida. Dentro de sus venas era el alimento radical, pero cuando salía al exterior era la traducción líquida de un problema grave. No hablaba con nadie, vida ni muerte, de su marido. Tampoco con sus hijos. Era tiempo de no cometer la imprudencia de tener pasado.

Ahora que la niña había conseguido colocarse las cosas serían mucho más fáciles. Urízar conocía mucha gente en Pamplona y, tirando del amigo del amigo de un amigo, le consiguió aquella bicoca en la casa Martínez-Goñi. La suerte estaba cambiando y los frutos maduros habían llegado desde el lugar menos pensado. Urízar nunca demostró tenerles simpatía pero, a la postre, había resultado providencial. Lo que la madre de Lucía siempre juzgó como una hostil indiferencia se demostraba ahora, en realidad, la discreción del hombre bueno y el tamaño de su gratitud no dejaba de crecer dentro del pecho.

El tren iba destruyendo sin ningún esfuerzo los argumentos que el viento frío oponía en su contra. La lluvia parecía estar dejando un llanto, pero saltó a la vista enseguida que se trataba de un agua sin ternura que cubría de realidad el corazón eléctrico que les guiaba.

Lucía estornudó dos veces en un intervalo de cinco segundos, se llevó el pañuelo a la nariz y lo frotó muy suavemente por ella. Fue la alternativa a sonarse los mocos más fina que pudo lograr. Uno de los ciento doce consejos, de los pocos que tenía intención de seguir, que le dio su madre cuando se despidieron fue que debía esforzarse en mantener en todo momento unos modales irreprochables en casa de los Martínez-Goñi. Lo último que le dijo fue que se sentía muy orgullosa de ella. Después, se calló y lloró al abrazarla.

A esa altura del trayecto, Lucía llevaba ya el peso de los nervios encima. No le faltaba confianza en sí misma, pero sabía que no había red bajo sus pies. No podía permitirse decepcionar a quienes le habían abierto aquella puerta. Cuántas veces se lo había rogado a Urízar desde que supo que se dedicaba a aquello. Nunca podría dar suficientemente las gracias a Dios por haberla puesto en una situación casual que le permitiera descubrir que Urízar prestaba servicio informando a la brigada político social. Al fin, en un descuido de su madre, un domingo al salir de misa le dijo que había algo para ella. Le habló del tal Martínez-Goñi. Bajo una apariencia de respetabilidad, colaboraba en actividades subversivas y, muy probablemente, era masón. El servicio que debía prestar Lucía era averiguarlo y encontrar un hilo del que tirar para llegar hasta sus secuaces. Con voz imperceptible, se repitió que no iba a desaprovechar la ocasión que le habían dado a la hija de un rojo y una puta de hacerse perdonar.


jueves, 2 de enero de 2020

LA HORA H

Jabaloyas le resultó familiar ya la primera vez que escuchó su nombre. Tanto más ahora, que recorría sus calles con ojos de camino de vuelta. Había llegado caminando desde la casa rural de Arroyofrío. Ninguno de los otros tres huéspedes hubiera querido acompañarle de habérselo propuesto. La noche anterior, como siempre, habían estado bebiendo más de lo habitual. Sin embargo, él necesitaba salir a respirar la atmósfera inmortal de la sierra.

Los cuatro habían llegado a Arroyofrío con la ilusión forzada de unos días de fiesta antes de que se precipitaran en lo desconocido. Habían salido, nada más empezar su permiso del viernes, de San Gregorio. Todos ostentaban una graduación militar suficiente para saber tanto que las maniobras de las últimas semanas eran, en realidad, el adiestramiento para una operación relámpago que iniciara la guerra contra el enemigo, como que los políticos habían decidido que ésta tuviera lugar el lunes. 

Sin pensarlo demasiado, siguieron su impulso de pasar juntos en la finca de otras veces el último fin de semana de paz. La superioridad sobre el enemigo era indiscutible, pero a saber cuánto tiempo tendrían que esperar para la próxima francachela. Unos pocos meses atrás, ninguno de los cuatro hubiera pronosticado que decidiría pasar con los otros momentos como ésos. Y, sin embargo, allí estaban. Nada une tanto como un disparate común. 

No todos los días se está al borde de una guerra. ¿Cómo iba a poder pensar en otra cosa? Toda la información de los servicios secretos llevaba a la conclusión de que la contienda estaría bien encaminada desde el primer momento gracias a la gigantesca sorpresa que el ataque iba a suponer para ellos. Pensaba en aquello de un modo aséptico. La aparente facilidad no mitigaba su voluntad sin matices de cumplir con su deber.   

Cuando regresó a la casa, todos sus ocupantes estaban desayunando. ¿Dónde cojones estabas, Tejada?, le preguntó uno de ellos al verle atravesar la puerta de la cocina. Le contestó elevando el dedo corazón de la mano derecha mientras sonreía y caminó lentamente hasta la cafetera. Le supo tibio como el olvido, pero se abstuvo de decir nada en contra de un café que, al fin y al cabo, le había llovido del cielo.

Debido seguramente a sus años de entrenamiento castrense, les pareció natural pasar la resaca corriendo por deporte, pero la mirada que vieron en los ojos del octogenario con el que se cruzaron cuando apenas llevaban cien metros de recorrido dejó bien a las claras que existía una fuerte corriente de opinión contraria. Tejada oía, en su silencio, el ritmo calculado de su respiración, pero ese soniquete no impedía el devenir de su pensamiento. Se vio transportado unos años atrás, cuando entró como cadete en la academia militar (él evocaba en mayúsculas la institución) de Zaragoza. No era capaz de recordar por qué quería ser militar en aquel momento lejano. En ese instante mismo, incluso, se le ocurrían vaguedades para explicárselo a sí mismo. Lo que sí sabía es que era lo que siempre había querido ser.       

Desde niño había oído historias sobre el enemigo, pero en los últimos tiempos las noticias de sus atropellos a los nuestros se habían hecho mucho más frecuentes. En otras épocas, estos hechos pasaban casi desapercibidos, pero en ésta los medios de comunicación traían la verdad a todos los rincones del país. La intervención armada era ya una demanda de la sociedad. Una exigencia, decían algunos editoriales, que a él le resultaba indiferente. Estaba entrenado para cumplir con su obligación y es lo que pensaba hacer dijeran lo que dijeran los paisanos en las barras de los bares. Al fin, su monólogo interior quedó interrumpido. Habían alcanzado la cumbre de la Cruz de Lázaro. Los cuatro se vieron empapados de la incontenible euforia que únicamente producen las hazañas que no sirven de absolutamente nada.

La comida fue evolucionando desde una ración colosal de queso a otra de setas y, de ahí, a un guiso de toro. El vino tinto permaneció de invariable compañero. Ideológicamente, eran cuatro gotas de agua. Les separaban pequeños matices pero los exageraban, más que nada, para entretenerse en situaciones como ésa. Pasaron buena parte de la sobremesa metidos en una discusión acerca de ese tipo de detalles. Cuando el mediodía acababa de desaparecer en el bostezo del perro que les observaba, una sentencia salió de la boca de Tejada: como dijo Churchill, el patriotismo no es un deber, el cumplimiento del deber es el patriotismo. Era una técnica de debate que empleaba mucho. Resumía su opinión en una frase, trataba de darle forma de cita y, por último, se la atribuía gratuitamente a Winston Churchill para hacer que fuera mejor acogida por los incautos que la escuchaban. Era un proceder arriesgado, pero lo cierto es que nadie nunca pareció darse cuenta de aquel tocomocho. Vete a tomar por el culo, Tejada fue la respuesta que recibió a su aserto justo cuando desfilaron los licores para llevarse a rastras hora tras hora.

Cuando despertó el domingo, quedaban poco más de veinticuatro horas para la hora señalada para el comienzo de la operación según los planes del estado mayor. Es decir, estaba a poco más de veinticuatro horas de lo que los horteras llamarían la hora H. Trató de combatir el mal sabor de boca con pasta de dientes, que introdujo directamente en la boca y que expandió haciendo gárgaras ayudándose de un chorrito de agua del grifo del baño más cercano a su dormitorio. Salió de la casa tratando de hacer el menor ruido posible. Le recibió el frío que mora por el monte a esas horas tan tempranas. Entró en el coche e introdujo en el GPS las coordenadas de la iglesia de los santos Abdón y Senén en Toril.

Todos los datos, gráficos e imágenes que había visto en las últimas semanas estaban vivos en su cabeza. No obstante, le acompañaban ahora en el interior de una carpeta en el asiento del copiloto. El trabajo había sido muy intenso en su unidad. A veces hay que ayudar al río a que se encauce con ingeniería. Eso habían hecho. No habían inventado nada. Todo el contenido respondía a la infame realidad del enemigo. Lo único que había hecho la unidad era narrar los acontecimientos de forma más fácilmente comprensible para nuestros compatriotas y para el resto de la comunidad internacional. Ése era el trabajo de la unidad: explicar. Si un hecho se estaba produciendo a espaldas del mundo, ellos recreaban una situación idéntica ante una cámara y distribuían el vídeo o la fotografía para darla a conocer. Nada más.

La unidad había recibido la felicitación de todos sus superiores. Consideraban que su labor había sido básica para mostrar al pueblo que sobraban los motivos para la guerra. Sólo quedaban veinticuatro horas. No se había producido ni una sola filtración. De haberla habido, sin efecto sorpresa, la invasión hubiera tenido que ser descartada. Tejada nunca había creído que pudiera mantenerse el secreto tanto tiempo.

Cuando apagó la radio para bajar del coche estaba sonando Masculino singular. Cerró la puerta y empezó a caminar con la carpeta en la mano. En la puerta de la iglesia, le esperaba ya el redactor del diario El Tesón. Le acercó la carpeta y, cuando se marchaba, le recordó que todo debía destaparse esa misma mañana. Tejada se alejó de allí a veinte por hora. Había tirado una victoria segura por la borda, pero en el fondo de ese mar no había ni un rastro de derrota. Había estado temiendo que, cuando llegara el momento de cumplir su deber de evitar esa barbaridad, pudiera sentirse un traidor. Al contrario. Se dio cuenta de que aquello era lo más cerca que iba a estar nunca de ser un héroe de guerra.


miércoles, 1 de enero de 2020

EL COBARDE QUE VENCERÁ A LA MUERTE

¡Qué fácil has venido
a mi voz, y en qué instante!
(José García Nieto)


¡Qué fácil has venido
a mi voz, y en qué instante!
Cuando mi boca era ya
un par de ojos cerrados.

Sin mirada y sin esperanza,
sueño contigo
y, al ver el silencio de tu cara,
al fin me reconozco.

Soy yo,
el cobarde que vencerá
a la muerte

y, contra las leyes del viento,
volverá a decir
mamá.


martes, 31 de diciembre de 2019

LAS EDADES DE LOLA

Veintidós de mayo de mil novecientos setenta y nueve.

El piso parecía aún más pequeño. La tensión se comía los metros cuadrados con bocados eternos. Lola tenía las mejillas incendiadas y las manos rendidas al frío. Escuchar las palabras de su madre era la fuente de ese huracán térmico que le azotaba. Más que el volumen excesivo de su voz, le molestaba el tono de bofetón que empleaba. Le indignaba la injusticia. Su madre le recriminaba hechos de los que había tenido conocimiento tras cometer el peor de los crímenes que pueden cometerse en un hogar. Había leído el diario de Lola sin permiso.

De la boca de su madre, estaba saliendo una caricatura de Jose que le arañaba los oídos. Nunca se había sentido tan ofendida. ¿Por qué no iba a poder salir con él o con cualquier otro que le diera la gana si ya tenía dieciséis? Su madre respondía sin cesar esa pregunta con argumentos salidos de las garras y los dientes del miedo. Y no se detenía ahí. Tras esa puerta de entrada, se dedicó a formar el habitual inventario de faltas.

Por supuesto, le recordó que había suspendido dos asignaturas en la pasada evaluación. Con lo inteligente que era, según decía don Enrique. Ahora lo entendía todo, no aprobaba porque estaba pensando en las musarañas. En concreto en una musaraña gris: el toligo de Jose. Además, casi no ayudaba nada en casa. Se limitaba a cubrir el expediente haciendo su cuarto y cuatro cosas que le afectaban a ella directamente, pero no arrimaba el hombro con todo lo demás y su madre tenía que sacarlo todo adelante. Con el trabajo que daban su padre y su hermano. Qué decepción. Y como te pille otra vez fumando, le advirtió, te parto la cara.

Lola tiró de chulería para contestar la amenaza materna y, por consiguiente, recibió el tortazo. Magnitud cuatro en la escala de Richter. El contacto de la mano con su mejilla activó el mecanismo, entonces muy sensible, de sus lacrimales. Naturalmente, no lloró por el dolor. Se trataba del llanto que brota de la rabia ante lo que cualquier hija adolescente hubiera considerado una humillación intolerable. Balbuceó algo incomprensible y se fue, con paso firme, hacia su habitación. Antes de entrar en ella dando un portazo cinematográfico, volvió la cabeza y miró a su madre con la expresión más fiera que encontró.

Tumbada en la cama, mordió la almohada. Lloró durante un minuto y, después, fue poco a poco aplacando el ritmo de su respiración. En ningún momento de sus diecisiete días de relación, ni siquiera de los dos meses y medio que conocía a Jose, había dudado de que era el hombre de su vida. Estar con él era mucho más importante que cualquier asignatura. Su madre iba a tener que entender eso o, muy pronto, no le volvería a ver el pelo. Cerró los ojos y se acurrucó para abrazarse a sí misma. Empezó a pensar en Jose, luego se le vino a la mente el examen de historia, después... Después de estar así cuarenta minutos, se levantó. Caminó despacio hasta la puerta, la abrió y la atravesó con las ganas de hacer las paces con su madre haciéndosele fuertes en el pecho. Se preguntó cuánto tiempo podría reprimirlas.


Once de octubre de dos mil diecinueve.

El chalé se estaba deteriorando. Lola miraba el estado del suelo con fastidio al recordar las veces que había dicho a su marido que debían meter dinero y la abulia invariable de Luis como único resultado. Fue sólo un segundo de descanso tras el que volvió al calvario. El reloj avanzaba despiadado. Qué frialdad la suya. Se limitaba a constatar la hora sin importarle que ella se estuviera muriendo de desasosiego. Eran las cinco y trece de la mañana y la niña no había vuelto. Caminaba sobre ascuas por la habitación. Su imagen en el espejo le resultó ajena.

María entró tropezando con el felpudo, con ganas de hablar y devolviendo, con su presencia, la vida a su madre. Sin embargo, ésta no expresó sino todo lo contrario. Interrumpió bruscamente la perorata de la hija. ¿Se puede saber de dónde vienes? Sin esperar réplica alguna, le arrojó su indignación por el retraso sobre la hora fijada, ya de por sí tardía para una adolescente de dieciséis años. En realidad, no necesitaba que le dijera dónde había estado porque Lola tenía la rutina de revisar el teléfono móvil de María cada noche cuando ésta se dormía. Si su hija lo hubiera sabido, habría llamado a eso espionaje. Lola, sin embargo, lo llamaba maternidad responsable.

Lo que sí sabía la niña es que su hermano, a su edad, disponía de un horario de ocio nocturno notablemente más generoso y no tardó en utilizar, una vez más, ese argumento como descargo. No era lo mismo. Nunca fue lo mismo. Los peligros que acechan a un chico en la madrugada son menores. A Lola le molestaba tener que repetir lo evidente. A María le dolía tener que escuchar lo de siempre. Máxime, le dijo, cuando ella no había estado sola, sino con Pedro. Ahí terminó la discusión como terminaba todo. Interrumpida por el sonido de una llamada telefónica, evidentemente del susodicho, que María corrió a atender dejando atrás una estela de ilusión inconsciente que enternecía el suelo.

En lugar de volver a la cama, Lola se quedó recostada en el sofá. A medida que iba descendiendo su nivel de adrenalina, volvía a notar el dolor en el abdomen. La inmadurez que había demostrado su hija hacía un momento evidenciaba que la decisión de no contarle nada era la correcta. Al menos, mientras no dispusiera de una segunda opinión. Más que su enfermedad, le preocupaba que la cría no tuviera la cabeza en su sitio. Precisamente ahora, con lo responsable que había sido siempre. Pero, desde que andaba con el tal Pedro, no pensaba en otra cosa. Había descuidado sus estudios en una edad crucial y en casa, en fin... en casa estaba ausente. No sabía ya qué más hacer para conseguir que la niña no terminara mal. Las reprimendas no funcionaban. Tampoco le funcionó, al principio, tratar de entenderle y ponerse en su lugar. Es que empatizar le resultaba imposible. Cómo hacerlo, si ella a su edad había sido tan distinta. Más racional. Quizá demasiado. Qué fácil lo habían tenido, como la suya, algunas madres.




lunes, 30 de diciembre de 2019

EL CONTRATAQUE

Volver a tener sexo era una estupenda manera de celebrar su septuagésimo quinto cumpleaños. No sabía muy bien cómo había pasado. Todo empezó, a las cero horas diez segundos, con un beso raquítico de su mujer mezclado con las palabras feliz cumpleaños y, contra todo pronóstico, había acabado en, al menos para él, un orgasmo. Sin embargo, ese modo pluscuamperfecto de conmemorar la fecha vino a contrastar con el puñado rácano de felicitaciones que recibió el resto del día.

Él no le dio importancia. Hacía mucho tiempo que había dejado de llamarle la atención la drástica disminución de esta clase de detalles desde que dejó el fútbol cuarenta años atrás. Así que nada echó en falta durante toda la jornada hasta que, a las doce menos veinte, se metió en la cama y durmió sin mesura durante seis horas y media ininterrumpidas.

Sifrido Casas fue conocido durante sus dieciocho años de carrera en el fútbol profesional como Casas y Casas era todo el texto que figuraba en la cartelita identificativa del buzón de su piso de la calle Pérez Galdós, a pesar de que vivía en él, desde siempre, con Emilia y, antes, con su hijo. No tuvo que abrirlo para extraer la revista mensual del Real Valladolid, al bajar al bar, a primera  hora de la mañana siguiente . Ese envío era un privilegio que le otorgaba le condición de socio del Pucela.

Nació en Alicante. Debutó en el Hércules. Se marchó. Recorrió media España. Triunfó en el Valladolid. Se casó con Emilia. Se marchó. Recorrió la otra mitad de España. Se retiró y regresó a Valladolid. Cómo no hacerlo si allí Casas era Casas. Si tres meses antes, en su visita con el Celta, el viejo Zorrilla le había despedido puesto en pie con una ovación violeta y blanca.   

Durante el desayuno, escuchó en silencio al chaval que ocupaba el taburete fronterizo hablar con uno de los camareros sobre el partido del Pucela del domingo. Tuvo otra vez esa mala sensación. Ya deberían haberle llamado de la radio para confirmarle como el comentarista de la tarde. Quería mantener la esperanza de que el silencio se debiera a que, la segunda vez que uno va a comentar, le confirmaran con menor antelación. Pero debía reconocerse a sí mismo que, cuando salió por la puerta de la emisora al terminar el partido anterior, ya había temido que aquella primera vez fuera también la última. Nunca hubiera creído que aquello pudiera resultarle tan difícil. Nunca hubiera imaginado verse reducido a poco más que monosílabos. Estuvo, las dos horas que duró aquel trance, quitándose de encima la palabra como los malos centrocampistas se quitan de encima el balón cuando presiona el rival.   

Arrastró ese incómodo recuerdo hasta casa de su hijo. No era extraño encontrarle allí a esa hora de la mañana desde que se quedó en paro. Le preguntó por su nieto y su hijo le contestó mecánicamente que estaba bien. Le contó que el equipo de fútbol sala de su colegio descansaba ese sábado. Sifrido se dio por enterado ocultando su disgusto por el vacío que aquello le empezaba ya a causar. Y poco más porque acabaron discutiendo cuando el padre dijo que el trabajo no iba a ir a buscarle a casa.

El cigarro que encendió nada más llegar a la calle no sirvió, claro está, para quitarle el mal sabor de boca. No había dado tres pasos cuando chocó con un joven con la camiseta de la selección española. Perdone. No importa. No era éste el primer golpe, ni mucho menos el más fuerte, que se llevaba de la selección. Casas entró en una convocatoria del equipo nacional en mil novecientos setenta. Al menos, así lo anunció el seleccionador. Sin embargo, un esguince en el último entrenamiento con el Valladolid antes de acudir a su llamamiento hizo que, en realidad, nunca llegara a entrar. Y, después, aunque atravesó algunos momentos de notable inspiración y forma sobresaliente, ni ése ni ningún otro seleccionador volvió a citarle más. Habría contado ese episodio a su nieto un millón de veces sin conseguir que éste lo creyera ni por un momento.

Bueno, ya estaba bien de darle vueltas al pasado. El presente también enseñaba los tacos. No había que ser una lumbrera para darse cuenta de que su hijo estaba lejos de encontrar trabajo y él ya no sabía cómo estirar su pensión para seguir ayudándole. Cuántos quebraderos de cabeza se habría ahorrado si hubiera salido bien alguna de las inversiones que hizo en los primeros años de ex futbolista. Eran seguras. Joder, seguras. Fiasco lo de los terrenos en San Vicente, fiasco la tienda deportiva, fiasco la exportación de vinos, fiasco, fiasco, fiasco...     

Tuvo que llamar por teléfono a Emilia para que le recordara qué es lo que tenía que comprar exactamente. Era algo que ocurría con frecuencia. Sin embargo, ello no hacía considerar a Sifrido la posibilidad de hacer una lista en estos casos. Superado el obstáculo de la desmemoria, y al doblar por el pasillo de los congelados, vio de espaldas a Martínez. Le saludó tocando su hombro y, al volverse el saludado, la expresión de su cara no le dio buena espina a Sifrido.

Martínez era el exdirector de la sucursal bancaria donde Casas había tenido siempre el dinero que hizo con el fútbol. Él fue testigo, juez y parte del proceso en el que su cuenta se volvió cada vez más corriente. Semanas atrás, Sifrido le había pedido el favor de que hablara con la gente importante del banco en la ciudad con la que aún mantenía amistad tras la jubilación, por si tenían un hueco para su hijo. Lo peor no fue que no lo consiguiera, sino que pretendiera transmitirle unas vagas esperanzas de que la situación podría cambiar en el futuro apoyándose en unas supuestas oportunidades que era evidente que no existían. Otro fracaso. Operaciones parecidas, y con idéntico resultado, las había emprendido con todas las empresas de la ciudad en que creyó que, tal vez, aún podría tener mano. Para alguna de ellas, incluso, había hecho publicidad en tiempos.

No fue exactamente decepción el dolor que le entró en el cuerpo. Se consideró afortunado por el hecho de no tener ocasión de insimismarse demasiado gracias a la consciencia de que tenía ya el tiempo justo para dejar la compra en casa y coger un autobús que le llevara al colegio de su nieto, cuyo padre, a pesar de no mover un dedo para buscar empleo, tenía algo que hacer precisamente a la hora en que el niño salía de clase.  Fue en la radio de ese autobús donde escuchó la promoción de la retransmisión del partido que iba a jugar el domingo el Valladolid. El comentarista iba a ser Rosón. Un antiguo compañero que, en todo el tiempo en el que coincidieron en el equipo, nunca logró ni siquiera disputarle la titularidad. Sifrido pidió al conductor que cambiara de emisora y éste le hizo caso sin imaginar, ni por asomo, el motivo de su petición.

El pequeño, nada más cruzar el umbral de la puerta del colegio, se sorprendió al verle. Le besó. Le exigió la merienda. Le pidió ir al parque. Él se negó. El niño insistió. Él volvió a negarse. El niño fingió un puchero. Él acabó aceptando. Y, allí, a qué iban a querer jugar los niños sino al fútbol en la pista anexa. Eran cinco en total. Faltaba otro jugador para ser pares. Su nieto le pidió que jugara. Él se negó. El niño insistió. Él volvió a negarse. El niño fingió un puchero. Él acabó aceptando y enrolándose en el equipo de su nieto como portero regateador. Lo sabía todo sobre fútbol, pero ignoraba que los niños de siete años se movieran tan rápido. Un disparo del equipo contrario al larguero le sacó del aturdimiento. El balón fue lentamente hasta él y, sin pararlo, con la zurda lanzó el contrataque con un pase en profundidad a su nieto, que controló como pudo y batió a su amiguito de vaselina. Corrió hacia su abuelo y se fundió con él en un abrazo. Sifrido cantó ese gol con la alegría de entonces. En ese momento, sonó el móvil. Sería Emilia para recordarle que debía ir ya a casa con el niño. No contestó. Sifrido no tenía intención de irse tan pronto del único sitio donde podía sentir que aún era Casas.