Primavera de dos mil veinte. Europa. España. Madrid. Distrito de Arganzuela. Barrio de Legazpi. Jueves de estado de alarma por la epidemia de un virus del que, tal vez, ustedes hayan oído hablar. Una de la tarde. Samuel abre la ventana de su casa que da al patio interior de la comunidad para echar otro cigarro. Nada más abrir, se topa con la imagen de su vecino de enfrente que está tendiendo la ropa. Se lo ha cruzado muchas veces. No recuerda cómo se llama. Ni siquiera recuerda si lo ha sabido alguna vez. Tarde para cerrar la ventana.
Vecino: Hola.
Samuel: ¿Qué hay?
Después de cuarenta y ocho largos segundos de silencio,
Vecino: No deberías. Los fumadores sois grupo de riesgo.
Samuel: Bueno, yo fumo muy poquito. En realidad, no soy fumador. Y soy joven. Más o menos.
Vecino: El diecisiete por ciento de los internados en la UCI... ¡Niños, por favor! ¿Cuántas veces tengo que repetir que os estéis quietos?
Samuel: Están ya desquiciados, ¿eh?
Vecino: El que está ya para que le encierren soy yo.
Samuel: Ya. En fin, paciencia...
Vecino: Tú no tienes hijos, ¿verdad?
Samuel: No, no, no. Qué va. Tú tienes dos, ¿no?
Vecino: Tres. Una locura.
Samuel: Además de verdad.
Trece segundos después,
Samuel: Qué tiempazo hace. Qué putada estar metidos aquí dentro.
Vecino: Bueno, el cincuenta y uno por ciento de los virólogos cree que, con el buen tiempo, el virus quizá podría ir desapareciendo.
Samuel: Pues Dios les oiga.
Vecino: ¿Eres creyente?
Samuel: ¡Vaya pregunta! (riendo).
Vecino: Perdona.
Samuel: No, no. En absoluto.
Vecino: ¿En absoluto crees en Dios o no en absoluto hace falta que me disculpe?
Samuel: Las dos cosas. Ha sido una forma de hablar.
Vecino: Malos tiempos para creer en Dios.
Samuel: ¿Tú crees? Estoy seguro de que ahora, cuando parece más evidente que no existe, es cuando hay más gente rezando todas las noches.
Vecino: Ya. Eso es como todo... (pensativo).
Samuel: En fin, que cada uno se agarra a lo que quiere o a lo que puede para que no se lo lleve el viento.
Vecino: Lo que hay que hacer es rezar menos y ser más responsables, copón. Que si nos tomamos a chirigota el confinamiento, no vamos a poder currar en la puta vida. Si no se suprime radicalmente el contacto social es imposible frenar la curva de contagios, hostia.
Samuel: ¿En qué curras?
Vecino: Tengo un bar. ¿Y tú?
Samuel: Soy funcionario.
Vecino: Tú no tienes prisa, cabrón. A ti, a final de mes, tracatrá en la cuenta (riéndose).
Samuel: Claro, claro (forzando una sonrisa).
Vecino: Fuera de bromas, en un caso de pandemia es imposible corregir el crecimiento exponencial de los contagios sin un aislamiento total y sostenido. Es de cajón de madera. De hecho, se lo he oído a un tertuliano.
Samuel: Sí, sí. Yo también. En el programa de Ana Rosa.
Vecino: No, yo lo he oído en la radio.
Samuel: Coño, pues ya son dos. Más a favor del argumento.
Vecino: Si es que cae por su propio peso.
Samuel: De todas formas, aunque en estas crisis es vital estar informado, joder, se le pone a uno un mal cuerpo...
Vecino: Di que sí. Uno no puede caer en la sobredosis de información. Hay que seguir sólo a medios serios. Yo nada más confío en los que tienen a tertulianos que conozco. A la mayoría ya les he visto o escuchado opinar con acierto de la inestabilidad política, de la prima de riesgo, de las copas de Europa del Madrid... Vamos, que son una garantía.
Samuel: Sí, pero peor me lo pones. Si tienen credibilidad, lo que dicen es cierto y no hay más que malas noticias.
Vecino: Eso sí. En general, claro. Alguna buena noticia se escapa por ahí de vez en cuando y a eso hay que agarrarse, tío. Mira, hace un rato he oído que ya no somos el tercer país del mundo en número de contagios sino el cuarto. Nos ha superado Estados Unidos, que va disparado.
Samuel: Lo he oído, lo he oído. Y que Francia está subiendo mucho también y quizá nos supere a finales de semana.
Vecino: Bueno, bueno. Ni que decir tiene que sería mejor que bajáramos en el escalafón por reducir nuestros casos en vez de por que los suban los demás, pero no cabe duda de que ir bajando puestos en la clasificación ayuda a mantener la moral de victoria de la peña, que todo el mundo tenga claro que el sacrificio servirá de algo y que saldremos más pronto que tarde.
Samuel: Sí, sí, Saldremos. ¿Pero quedará algo en pie en la economía?
Vecino: Claro que sí. Un plan Marshall en cada puerto. Para eso están los estados. Es de manual. Precisamente, se lo leía en Twitter anoche al economista ése de la tele. Ahora, eso sí, la geopolítca va a darse la vuelta como un calcetín.
Samuel: Ya te digo yo que será así.
Vecino: Ahí los políticos tienen que dar la talla. Ése es el tema. Porque ahora, todos a una. Pero cuando esto escampe, dimisiones. Hay que exigir dimisiones. En los gobiernos, por irresponsables, y en las oposiciones, por desleales.
Samuel: Joder, es que eso es la democracia. También te digo que no les envidio el cargo con esta movida, ¿eh? No tiene que ser fácil tomar según qué decisiones. Es elegir susto o muerte...
Vecino: Eso vale para ti y para mí. Pero ellos tienen toda la información. Y, en el periódico de hoy, dice un confidencial que esto estaba claro desde febrero. ¡Desde febrero, carajo!
Samuel: Vamos a ver. Que tienes más razón que un santo, pero te pones en su piel y... ¡Madre mía!
Vecino: En fin, voy a ir entrando que estos ahora mismo se ponen a exigir la comida.
Samuel: Sí, sí. Yo también tengo que hacer.
Vecino: A ver si coincidimos otro rato aquí. Te llamas Samuel, ¿no?
Samuel: Sí.
Vecino: Pues un placer, Samuel.
Samuel: ¿Y tú? Desde que te he visto, lo tengo en la punta de la lengua pero no hay manera de que me salga.
Vecino: Alberto.
Samuel: Pues el placer ha sido mutuo, Alberto.
Justo antes de que ambos desaparezcan en el interior de sus casas,
Samuel: Mira que estamos pagando un precio de cojones a cambio, pero al menos esta mierda ha servido para abrir la ventana y los oídos y escuchar de verdad tu nombre. Y, pase lo que pase, te aseguro que ya no se me va olvidar cómo te llamas.
viernes, 1 de mayo de 2020
sábado, 25 de abril de 2020
LOS ASOMBROS EN QUE ESTÁS VIVA
Idéntica virtud hay
en el silencio y en la palabra
si asumes que estás viva
cuando algo desconocido,
de pronto y otra vez,
te devuelve a la tormenta.
Que estás viva
cuando desatiendes la ciudad
para comprender
la razón primera de la selva
y unirte al fuego sin paso atrás
de aquí y de ahora.
Que estás viva
cuando te arrancas el sosiego
de la lengua,
cuando miras con los dedos
la luna que existe bajo las nubes,
cuando ningún imposible
sale ileso de tu vientre.
Que estás viva,
que estás viva
cuando concentras
toda la sangre en el precipicio,
cuando te arrojas
desde la emoción,
cuando reflejas
el huracán en la cara.
Que estás viva
cuando deseas de par en par
y contemplas con otros ojos
tu propia belleza.
Que estás viva
cuando muere
quien eres en las tarjetas de visita.
Que estás viva
cuando te antepones a la idea,
cuando desoyes
tus propias advertencias,
cuando darías fama y hacienda
a cambio de un orgasmo.
en el silencio y en la palabra
si asumes que estás viva
cuando algo desconocido,
de pronto y otra vez,
te devuelve a la tormenta.
Que estás viva
cuando desatiendes la ciudad
para comprender
la razón primera de la selva
y unirte al fuego sin paso atrás
de aquí y de ahora.
Que estás viva
cuando te arrancas el sosiego
de la lengua,
cuando miras con los dedos
la luna que existe bajo las nubes,
cuando ningún imposible
sale ileso de tu vientre.
Que estás viva,
que estás viva
cuando concentras
toda la sangre en el precipicio,
cuando te arrojas
desde la emoción,
cuando reflejas
el huracán en la cara.
Que estás viva
cuando deseas de par en par
y contemplas con otros ojos
tu propia belleza.
Que estás viva
cuando muere
quien eres en las tarjetas de visita.
Que estás viva
cuando te antepones a la idea,
cuando desoyes
tus propias advertencias,
cuando darías fama y hacienda
a cambio de un orgasmo.
viernes, 24 de abril de 2020
COLECTIVO TEMPESTAD
Ocho maniobras me ha costado meter el coche en el único hueco libre del aparcamiento. Ni mucho menos exigía el fin tantos medios pero, qué quieres que te diga, me moriré sin saber aparcar. Al salir por la puerta del coche, tiro de visión periférica para comprobar que nadie me ha visto llegar haciendo tan ruidoso ridículo. En el bar del área de servicio no cabe un viajero más pero, en el preciso momento en que me acerco a la barra, un taburete queda libre y lo ocupo a toda prisa.
Como si hubiera estado esperando toda la vida a que me sentara, el sonido de un mensaje irrumpe en mi teléfono. Es de mi hermana. Contiene el enlace a la página web de un diario del que jamás he oído hablar. Mi foto, no la mejor, aparece en la pantalla y, bajo ella, el texto de una noticia:
Alejandro Astro visita, en Alicante, el que fue su colegio en el quincuagésimo aniversario del centro. El ex cantante de Colectivo Tempestad y antiguo alumno del colegio La Forja compartirá algunos de los eventos organizados con tal motivo por esa institución. Alejandro, que pertenece a la segunda promoción de alumnos, mantendrá un encuentro este jueves por la tarde con toda la comunidad educativa y el viernes por la mañana visitará a los alumnos de secundaria y bachillerato. Además, no ha querido perderse la comida de aniversario que ha organizado la asociación de antiguos alumnos de La Forja, que tendrá lugar el sábado en el restaurante La Traviata.
Igual que, al dictado de la cucharilla, se están fusionando café, azúcar y leche en el vaso, en mi interior se mezclan el rubor, la alegría por que alguien me considere noticia aún y la melancolía de los tiempos en que estas cosas se trataban en un número de la revista Rolling Stones. Bebo el café, lo pago y regreso al coche. Creo que la camarera me ha reconocido, pero no puedo asegurarlo.
Hoy resulta muy fácil cambiar de una emisora a otra en la radio del coche gracias a los botones que llevan instalados los volantes. Lo llevo haciendo sin cesar desde que salí de Madrid y no he encontrado ni un acorde de El paraguas amarillo. Llamo a Javier y se lo digo. No te pido el número uno, cabrón. Sólo que suene una puta vez en algún sitio. Va a hablar con los conocidos que tiene en las emisoras. Está claro que nos hemos equivocado de single.
Llego a mi casa. Perdón. Llego a casa de mi padre (nunca me acostumbraré a esa denominación por más tiempo que lleve fuera de allí). Me recibe un olor a tabaco de rancio abolengo. Está claro que lleva tiempo vagando por los pasillos y reptando por las paredes. Aun así, mi padre asegura con vehemencia que no fuma. Renuncio a seguir discutiendo el origen del olor y recorro la casa sin un objetivo concreto. No me lleva mucho tiempo darme cuenta de que mi padre sigue conservando un cartel de uno de los primeros conciertos de Colectivo y muchos recortes de periódicos de todas mis épocas. Esto me provoca la emoción más fuerte que he experimentado en muchos meses, aunque ha durado apenas segundos. Le pregunto cosas a mi padre y él me pregunta cosas a mí, pero lo que nos damos no puede llamarse respuestas. Siento iguales deseos de marcharme que de quedarme. El empate lo resuelve el hecho de que se aproxima la hora en la que me he comprometido a estar en La Forja.
Entro a la cafetería que ya en mis tiempos estaba frente al colegio. Voy a la mesa donde está Emilio, el presidente de la asociación de antiguos alumnos de La Forja y don Andrés, su director. Al señor presidente no lo había visto nunca en persona. Al hacerlo, compruebo que la foto de su perfil telefónico le trata con demasiada generosidad. Debía ser un renacuajo cuando yo me gradué. Es muy posible que le diera algún capón. A don Andrés le recuerdo perfectamente. Entonces era profesor de historia. Cuando me dice que se jubila este año y que cuenta conmigo para la comida con que lo celebrará, digo que sí. Tú y yo sabemos que miento como un bellaco.
Un café después, me conducen al salón de actos de La forja. Aunque se parece muy poco al de hace años, me resulta inconfundible desde el primer instante. Seguramente, yo produzca la misma sensación. Avanzo lentamente con mi guitarra hacia el escenario para degustar el aplauso de los presentes. Han dispuesto una silla y, a su izquierda, un micrófono. Me siento y quedo frente al público, que sigue aplaudiendo durante treinta segundos más.
Les digo lo feliz que estoy de estar allí y el resto de cosas que dice el manual de este tipo de ocasiones. Emilio da el pistoletazo de salida y empieza, sin más preliminar, el coloquio. Toman la palabra cuatro señores que dicen haber sido mis compañeros de clase. Ni recuerdo su nombre ni me suena su cara, pero les digo lo contrario y, aparentemente, se lo tragan. Llegan las preguntas. Un sabiondo musical se interesa por mi evolución técnica desde mis comienzos. Le contesto con una gracieta y, rápidamente, doy la palabra a alguien en la otra punta del salón. Me pregunta sobre mi época en el colegio. Recuerdo algunas anécdotas. Me siento bien al hacerlo. Sin imposturas.
Inevitablemente, el rumbo vira hacia el cotilleo. ¿Por qué se separó Colectivo Tempestad? Quizá alguna vez supe por qué. Ya no. Respondo lo mismo que en tantas entrevistas. ¿Cómo fue la grabación con Sabina? En mi último disco, hay una colaboración con él y los sabinistas siempre intentan que cualquier conversación acabe en Joaquín. No soy nuevo en esto y no me dejo arrastrar.
Y, por fin, las canciones. Toco seis. A pesar de no apoyarme más que en la guitarra, no sale nada mal. Estoy bien de voz. Me gusto y eso no es habitual. La más aplaudida es La tormenta. Tantas canciones después, la gente sigue exigiéndola. A veces pienso que el público preferiría que, en mis conciertos, la cantara veinte veces y me dejara de historias. No obstante, la toco siempre sin rechistar. Le debo mucho. Le debo mucho a esa canción. El paraguas amarillo, ni fu ni fa. Está claro que nos hemos equivocado de single.
Salir del salón de actos me lleva mucho tiempo. Creo que le he firmado un autógrafo hasta al busto del fundador del colegio. Cuando llego al lugar en que me esperan Emilio y don Andrés, veo que les acompaña un tercer hombre. Antes de que me lo diga mientras me tiende la mano, sé quién es. Es José Antonio. Qué sorpresa. No me llama tanto la atención verle como que lleve puesto un uniforme que deja bien a las claras que es el conserje del colegio. Siempre sacó muy buenas notas. Lo cierto es que arrastraba su éxito a cualquier terreno. Jugaba al fútbol mejor que nadie. Con las chicas, ni te cuento. ¡Pero si se ligó a Sara! Y, en la música, bueno, bueno... fue quien me enseñó a tocar la guitarra. Pensar que aquel semidiós es ahora este tipo endeble, calvo y apocado...
Me despido de él con un sucedáneo de abrazo y de don Andrés con un apretón de manos (ni siquiera hoy tengo el valor de pasar de ahí). Emilio me acompaña al coche. Le digo que me he quedado de piedra al ver a José Antonio de conserje. Perdí su rastro el mismo día en que salimos de La Forja. Pfffff, me contesta. Y puede dar gracias de que don Andrés tiene una paciencia de patriarca bíblico, añade. Luego me describe un panorama tétrico de depresiones y problemas con el alcohol. Me voy de allí con el corazón en un puño y el cambio de marchas en el otro.
Empiezo la mañana del viernes contándole a mi padre mi encuentro con José Antonio. Le conoce porque su padre trabajó para el mío en su gestoría durante los años del colegio. No he sabido nada de Luis (el padre de José Antonio), ni de nadie de su familia desde lo que lo largué, me dice mirando de reojo la televisión.
A las diez y cuarenta y dos empiezo mi peregrinaje por las aulas del colegio. La mayoría de chavales no sabe de mí más que lo que les ha dicho el profesor o han visto hace cinco minutos en internet. No obstante, aunque ellos no me conozcan, me guardan el respeto reverencial que se le debe a toda persona que tiene reconocida la categoría de famoso por eso que llamamos sociedad. No por absurdo me resulta menos grato. Paso un buen rato rememorando batallitas vividas en las bisabuelas de las aulas que hoy ocupan estos críos. Después, en el colegio se tiran el rollo y me invitan al comedor. El menú de los profesores que, como todo el mundo sabe, supera en calidad al del alumnado. Cuando cruzo el patio para marcharme del colegio, veo a cuatro gamberros de sexto molestando al conserje, es decir, a José Antonio. Me indigno pero no digo nada y hago, discretamente, mutis por el foro.
Llego a La Traviata a las dos de la tarde del sábado. El restaurante se las apaña a duras penas para albergar a los trescientos asistentes a la comida de veteranos de La Forja. El personal que viene con su telefonito a hacerse fotos me amarga el primer plato, pero yo consigo mantener la sonrisa hasta que, poco a poco, todos acaban por aburrirse de la atracción de feria.
Aunque hay mucha gente, mi mundo aquí se reduce a la mesa en la que estoy junto con el resto de los participantes de mi promoción. Somos ocho en total. Todos hombres -un campo de nabos, como la ha definido Rafa al sentarse- porque cuando nosotros estudiábamos La Forja todavía no admitía alumnas. Al correr de los minutos, nos vamos convirtiendo en un grupo como piezas unidas por las carcajadas, la cerveza y la nostalgia. Que si los hijos, esto. Que si el trabajo, lo otro. Que si mi mujer tal y cual...
Llega la hora pactada con el hostelero, y tras mi rotunda negativa a todas las invitaciones a cantar que recibo, a los altavoces del restaurante les empieza a salir música de las tripas. En un santiamén, no hay mano que no porte una copa en el salón. Pero ninguna ha sostenido tantas como la derecha de José Antonio. Deambula por la habitación con signos claros de haber cruzado la delgada línea que todos los aficionados al arte de la hidratación conocemos. Debo haberme quedado embobado mirándolo porque Ismael me saca del ensimismamiento con un éste va de mal en peor.
-¿Tan mal está? -pregunto.
-Pues sí, tío. Tenía un buen trabajo, pero lo acabó perdiendo por darle al frasco. Y ya no es el curro. La mujer se largó, los hijos no quieren saber de él... En fin, un cuadro. Y más o menos va tirando porque a don Andrés le dio pena y lo metió en La Forja. Pero, coño, tú eras amigo suyo, ¿no?
-Bueno, no sé si tanto como eso. A él también le gustaba la música entonces y alguna vez tocábamos juntos. Ya está. Pero, vamos, él llegó un momento que empezó a pasar del tema... Y cuando salimos del colegio ya le perdí la pista totalmente.
La conversación queda interrumpida bruscamente cuando Ismael y yo somos añadidos por la fuerza a una comparsa constituida al objeto de bailar Paquito, el chocolatero. Empezamos con timidez, pero acabamos desproporcionándonos. Explota, explótame, expló... Lega, lega, legalización... nos lleva un par de horas volver de las alturas a las que conduce la falsa euforia (que, por cierto, es una de las pocas verdades que me quedan) y, cuando esto pasa, no hay más camino que la retirada.
Estoy subiendo al taxi cuando, a unos metros, veo y oigo a Rafa tomarle el pelo a José Antonio como sólo un adolescente de casi sesenta años puede hacerlo. A pesar de la cogorza, José Antonio se molesta pero, en lugar de ponerle la cara del revés, se aleja dando tumbos. Antes de cerrar la puerta, digo lo más alto que puedo Rafa, eres un imbécil. El taxi arranca y yo miro los ojos atónitos del conductor en el espejo retrovisor.
En casa, voy directamente a la cama. Me tumbo sin deshacer su ropa ni quitarme la mía. Me sorprendo poniendo La Tormenta en el reproductor de mi teléfono. La escucho sobre el lienzo en blanco del silencio y se me dibuja en la mente el paisaje de una fecha cubierta de polvo y guardada al fondo del cajón desordenado en que se acaban convirtiendo los recuerdos. José Antonio y yo salimos aquel día de La Forja con cinco sobresalientes, él, y con dos suspensos, yo, y un miedo pueril a contárselo a mi padre. Corrimos a su casa, que a esa hora debía estar vacía, para tocar. Dios sabe cuándo podríamos volver a hacerlo juntos cuando el cataclismo de mis malas notas me explotase en las manos. José Antonio tocó una canción que había compuesto. Llevaba semanas hablándome de ella, pero era la primera vez que se la oía tocar. La tituló Bajo la lluvia. Me quedé impresionado. Qué talento. Preferí no enseñarle las dos canciones que había compuesto yo porque, de pronto, las sentí pequeñas y a mí, enano.
Cuando se aproximaba la hora de cierre de la gestoría, salimos hacia ella. Decidí darle a mi padre el disgusto allí porque pensé que delante de sus empleados no sacaría la mano a pasear. Y, si no me daba en ese primer momento de furia, lo más probable es que todo se quedara en el paquete estándar de reprimenda verbal y arresto domiciliario. José Antonio me acompañó, como apoyo moral, con la promesa de que no saldría de su boca ni el menor indicio de sus cinco sobresalientes. Llegamos en unos pocos minutos que, por razones obvias, se me hicieron muy largos.
Fue desde la corta escalera al primer piso en que estaba la gestoría donde oímos los sollozos de Julita, la secretaria, los balbuceos del padre de José Antonio y los gritos del mío. En los diez minutos que permanecimos paralizados y en silencio, conseguimos hacernos una idea clara de lo que había sucedido. Luis se había encaprichado de la chica. Había empezado con algún piropo, había seguido por alguna inocente palmadita como el que no quiere la cosa y, como cuando había querido pasar a mayores Julita le había parado los pies, allí mismo en su despacho la había violado (te lo traduzco al castellano actual porque entonces este verbo no existía en ningún idioma). Mi padre se había erigido en juez de aquello y resolvió ponerlos a los dos de patitas en la calle, mantener la discreción sobre la causa del despido, porque a ninguno de los tres les iba a hacer ningún favor mover la mierda, y a otra cosa.
José Antonio y yo nos fuimos de allí sin decir nada y sin que nadie hubiera reparado en nuestra presencia. Caminábamos con la sangre helada. Ninguno de los dos dijo nada hasta que yo le expliqué la situación:
-Menuda forma de cagarla -le dije- la del hijoputa de tu padre. Y que se dé con un canto en los dientes con que todo haya quedado así porque, si a mi padre le llega a dar por contarlo, igual hasta se ve en la trena. Que dé gracias al cielo por que esto sólo le haya costado su trabajo... y tu canción.
Sí, así conseguí la La Tormenta. Cambiándole el título a Bajo la lluvia. En aquel momento, era lógico que José Antonio no hablara, pero... ¿por qué no habrá dicho después que es suya? La escucho sobre el lienzo en blanco del silencio. Le debo mucho. Le debo mucho a esa canción.
Como si hubiera estado esperando toda la vida a que me sentara, el sonido de un mensaje irrumpe en mi teléfono. Es de mi hermana. Contiene el enlace a la página web de un diario del que jamás he oído hablar. Mi foto, no la mejor, aparece en la pantalla y, bajo ella, el texto de una noticia:
Alejandro Astro visita, en Alicante, el que fue su colegio en el quincuagésimo aniversario del centro. El ex cantante de Colectivo Tempestad y antiguo alumno del colegio La Forja compartirá algunos de los eventos organizados con tal motivo por esa institución. Alejandro, que pertenece a la segunda promoción de alumnos, mantendrá un encuentro este jueves por la tarde con toda la comunidad educativa y el viernes por la mañana visitará a los alumnos de secundaria y bachillerato. Además, no ha querido perderse la comida de aniversario que ha organizado la asociación de antiguos alumnos de La Forja, que tendrá lugar el sábado en el restaurante La Traviata.
Igual que, al dictado de la cucharilla, se están fusionando café, azúcar y leche en el vaso, en mi interior se mezclan el rubor, la alegría por que alguien me considere noticia aún y la melancolía de los tiempos en que estas cosas se trataban en un número de la revista Rolling Stones. Bebo el café, lo pago y regreso al coche. Creo que la camarera me ha reconocido, pero no puedo asegurarlo.
Hoy resulta muy fácil cambiar de una emisora a otra en la radio del coche gracias a los botones que llevan instalados los volantes. Lo llevo haciendo sin cesar desde que salí de Madrid y no he encontrado ni un acorde de El paraguas amarillo. Llamo a Javier y se lo digo. No te pido el número uno, cabrón. Sólo que suene una puta vez en algún sitio. Va a hablar con los conocidos que tiene en las emisoras. Está claro que nos hemos equivocado de single.
Llego a mi casa. Perdón. Llego a casa de mi padre (nunca me acostumbraré a esa denominación por más tiempo que lleve fuera de allí). Me recibe un olor a tabaco de rancio abolengo. Está claro que lleva tiempo vagando por los pasillos y reptando por las paredes. Aun así, mi padre asegura con vehemencia que no fuma. Renuncio a seguir discutiendo el origen del olor y recorro la casa sin un objetivo concreto. No me lleva mucho tiempo darme cuenta de que mi padre sigue conservando un cartel de uno de los primeros conciertos de Colectivo y muchos recortes de periódicos de todas mis épocas. Esto me provoca la emoción más fuerte que he experimentado en muchos meses, aunque ha durado apenas segundos. Le pregunto cosas a mi padre y él me pregunta cosas a mí, pero lo que nos damos no puede llamarse respuestas. Siento iguales deseos de marcharme que de quedarme. El empate lo resuelve el hecho de que se aproxima la hora en la que me he comprometido a estar en La Forja.
Entro a la cafetería que ya en mis tiempos estaba frente al colegio. Voy a la mesa donde está Emilio, el presidente de la asociación de antiguos alumnos de La Forja y don Andrés, su director. Al señor presidente no lo había visto nunca en persona. Al hacerlo, compruebo que la foto de su perfil telefónico le trata con demasiada generosidad. Debía ser un renacuajo cuando yo me gradué. Es muy posible que le diera algún capón. A don Andrés le recuerdo perfectamente. Entonces era profesor de historia. Cuando me dice que se jubila este año y que cuenta conmigo para la comida con que lo celebrará, digo que sí. Tú y yo sabemos que miento como un bellaco.
Un café después, me conducen al salón de actos de La forja. Aunque se parece muy poco al de hace años, me resulta inconfundible desde el primer instante. Seguramente, yo produzca la misma sensación. Avanzo lentamente con mi guitarra hacia el escenario para degustar el aplauso de los presentes. Han dispuesto una silla y, a su izquierda, un micrófono. Me siento y quedo frente al público, que sigue aplaudiendo durante treinta segundos más.
Les digo lo feliz que estoy de estar allí y el resto de cosas que dice el manual de este tipo de ocasiones. Emilio da el pistoletazo de salida y empieza, sin más preliminar, el coloquio. Toman la palabra cuatro señores que dicen haber sido mis compañeros de clase. Ni recuerdo su nombre ni me suena su cara, pero les digo lo contrario y, aparentemente, se lo tragan. Llegan las preguntas. Un sabiondo musical se interesa por mi evolución técnica desde mis comienzos. Le contesto con una gracieta y, rápidamente, doy la palabra a alguien en la otra punta del salón. Me pregunta sobre mi época en el colegio. Recuerdo algunas anécdotas. Me siento bien al hacerlo. Sin imposturas.
Inevitablemente, el rumbo vira hacia el cotilleo. ¿Por qué se separó Colectivo Tempestad? Quizá alguna vez supe por qué. Ya no. Respondo lo mismo que en tantas entrevistas. ¿Cómo fue la grabación con Sabina? En mi último disco, hay una colaboración con él y los sabinistas siempre intentan que cualquier conversación acabe en Joaquín. No soy nuevo en esto y no me dejo arrastrar.
Y, por fin, las canciones. Toco seis. A pesar de no apoyarme más que en la guitarra, no sale nada mal. Estoy bien de voz. Me gusto y eso no es habitual. La más aplaudida es La tormenta. Tantas canciones después, la gente sigue exigiéndola. A veces pienso que el público preferiría que, en mis conciertos, la cantara veinte veces y me dejara de historias. No obstante, la toco siempre sin rechistar. Le debo mucho. Le debo mucho a esa canción. El paraguas amarillo, ni fu ni fa. Está claro que nos hemos equivocado de single.
Salir del salón de actos me lleva mucho tiempo. Creo que le he firmado un autógrafo hasta al busto del fundador del colegio. Cuando llego al lugar en que me esperan Emilio y don Andrés, veo que les acompaña un tercer hombre. Antes de que me lo diga mientras me tiende la mano, sé quién es. Es José Antonio. Qué sorpresa. No me llama tanto la atención verle como que lleve puesto un uniforme que deja bien a las claras que es el conserje del colegio. Siempre sacó muy buenas notas. Lo cierto es que arrastraba su éxito a cualquier terreno. Jugaba al fútbol mejor que nadie. Con las chicas, ni te cuento. ¡Pero si se ligó a Sara! Y, en la música, bueno, bueno... fue quien me enseñó a tocar la guitarra. Pensar que aquel semidiós es ahora este tipo endeble, calvo y apocado...
Me despido de él con un sucedáneo de abrazo y de don Andrés con un apretón de manos (ni siquiera hoy tengo el valor de pasar de ahí). Emilio me acompaña al coche. Le digo que me he quedado de piedra al ver a José Antonio de conserje. Perdí su rastro el mismo día en que salimos de La Forja. Pfffff, me contesta. Y puede dar gracias de que don Andrés tiene una paciencia de patriarca bíblico, añade. Luego me describe un panorama tétrico de depresiones y problemas con el alcohol. Me voy de allí con el corazón en un puño y el cambio de marchas en el otro.
Empiezo la mañana del viernes contándole a mi padre mi encuentro con José Antonio. Le conoce porque su padre trabajó para el mío en su gestoría durante los años del colegio. No he sabido nada de Luis (el padre de José Antonio), ni de nadie de su familia desde lo que lo largué, me dice mirando de reojo la televisión.
A las diez y cuarenta y dos empiezo mi peregrinaje por las aulas del colegio. La mayoría de chavales no sabe de mí más que lo que les ha dicho el profesor o han visto hace cinco minutos en internet. No obstante, aunque ellos no me conozcan, me guardan el respeto reverencial que se le debe a toda persona que tiene reconocida la categoría de famoso por eso que llamamos sociedad. No por absurdo me resulta menos grato. Paso un buen rato rememorando batallitas vividas en las bisabuelas de las aulas que hoy ocupan estos críos. Después, en el colegio se tiran el rollo y me invitan al comedor. El menú de los profesores que, como todo el mundo sabe, supera en calidad al del alumnado. Cuando cruzo el patio para marcharme del colegio, veo a cuatro gamberros de sexto molestando al conserje, es decir, a José Antonio. Me indigno pero no digo nada y hago, discretamente, mutis por el foro.
Llego a La Traviata a las dos de la tarde del sábado. El restaurante se las apaña a duras penas para albergar a los trescientos asistentes a la comida de veteranos de La Forja. El personal que viene con su telefonito a hacerse fotos me amarga el primer plato, pero yo consigo mantener la sonrisa hasta que, poco a poco, todos acaban por aburrirse de la atracción de feria.
Aunque hay mucha gente, mi mundo aquí se reduce a la mesa en la que estoy junto con el resto de los participantes de mi promoción. Somos ocho en total. Todos hombres -un campo de nabos, como la ha definido Rafa al sentarse- porque cuando nosotros estudiábamos La Forja todavía no admitía alumnas. Al correr de los minutos, nos vamos convirtiendo en un grupo como piezas unidas por las carcajadas, la cerveza y la nostalgia. Que si los hijos, esto. Que si el trabajo, lo otro. Que si mi mujer tal y cual...
Llega la hora pactada con el hostelero, y tras mi rotunda negativa a todas las invitaciones a cantar que recibo, a los altavoces del restaurante les empieza a salir música de las tripas. En un santiamén, no hay mano que no porte una copa en el salón. Pero ninguna ha sostenido tantas como la derecha de José Antonio. Deambula por la habitación con signos claros de haber cruzado la delgada línea que todos los aficionados al arte de la hidratación conocemos. Debo haberme quedado embobado mirándolo porque Ismael me saca del ensimismamiento con un éste va de mal en peor.
-¿Tan mal está? -pregunto.
-Pues sí, tío. Tenía un buen trabajo, pero lo acabó perdiendo por darle al frasco. Y ya no es el curro. La mujer se largó, los hijos no quieren saber de él... En fin, un cuadro. Y más o menos va tirando porque a don Andrés le dio pena y lo metió en La Forja. Pero, coño, tú eras amigo suyo, ¿no?
-Bueno, no sé si tanto como eso. A él también le gustaba la música entonces y alguna vez tocábamos juntos. Ya está. Pero, vamos, él llegó un momento que empezó a pasar del tema... Y cuando salimos del colegio ya le perdí la pista totalmente.
La conversación queda interrumpida bruscamente cuando Ismael y yo somos añadidos por la fuerza a una comparsa constituida al objeto de bailar Paquito, el chocolatero. Empezamos con timidez, pero acabamos desproporcionándonos. Explota, explótame, expló... Lega, lega, legalización... nos lleva un par de horas volver de las alturas a las que conduce la falsa euforia (que, por cierto, es una de las pocas verdades que me quedan) y, cuando esto pasa, no hay más camino que la retirada.
Estoy subiendo al taxi cuando, a unos metros, veo y oigo a Rafa tomarle el pelo a José Antonio como sólo un adolescente de casi sesenta años puede hacerlo. A pesar de la cogorza, José Antonio se molesta pero, en lugar de ponerle la cara del revés, se aleja dando tumbos. Antes de cerrar la puerta, digo lo más alto que puedo Rafa, eres un imbécil. El taxi arranca y yo miro los ojos atónitos del conductor en el espejo retrovisor.
En casa, voy directamente a la cama. Me tumbo sin deshacer su ropa ni quitarme la mía. Me sorprendo poniendo La Tormenta en el reproductor de mi teléfono. La escucho sobre el lienzo en blanco del silencio y se me dibuja en la mente el paisaje de una fecha cubierta de polvo y guardada al fondo del cajón desordenado en que se acaban convirtiendo los recuerdos. José Antonio y yo salimos aquel día de La Forja con cinco sobresalientes, él, y con dos suspensos, yo, y un miedo pueril a contárselo a mi padre. Corrimos a su casa, que a esa hora debía estar vacía, para tocar. Dios sabe cuándo podríamos volver a hacerlo juntos cuando el cataclismo de mis malas notas me explotase en las manos. José Antonio tocó una canción que había compuesto. Llevaba semanas hablándome de ella, pero era la primera vez que se la oía tocar. La tituló Bajo la lluvia. Me quedé impresionado. Qué talento. Preferí no enseñarle las dos canciones que había compuesto yo porque, de pronto, las sentí pequeñas y a mí, enano.
Cuando se aproximaba la hora de cierre de la gestoría, salimos hacia ella. Decidí darle a mi padre el disgusto allí porque pensé que delante de sus empleados no sacaría la mano a pasear. Y, si no me daba en ese primer momento de furia, lo más probable es que todo se quedara en el paquete estándar de reprimenda verbal y arresto domiciliario. José Antonio me acompañó, como apoyo moral, con la promesa de que no saldría de su boca ni el menor indicio de sus cinco sobresalientes. Llegamos en unos pocos minutos que, por razones obvias, se me hicieron muy largos.
Fue desde la corta escalera al primer piso en que estaba la gestoría donde oímos los sollozos de Julita, la secretaria, los balbuceos del padre de José Antonio y los gritos del mío. En los diez minutos que permanecimos paralizados y en silencio, conseguimos hacernos una idea clara de lo que había sucedido. Luis se había encaprichado de la chica. Había empezado con algún piropo, había seguido por alguna inocente palmadita como el que no quiere la cosa y, como cuando había querido pasar a mayores Julita le había parado los pies, allí mismo en su despacho la había violado (te lo traduzco al castellano actual porque entonces este verbo no existía en ningún idioma). Mi padre se había erigido en juez de aquello y resolvió ponerlos a los dos de patitas en la calle, mantener la discreción sobre la causa del despido, porque a ninguno de los tres les iba a hacer ningún favor mover la mierda, y a otra cosa.
José Antonio y yo nos fuimos de allí sin decir nada y sin que nadie hubiera reparado en nuestra presencia. Caminábamos con la sangre helada. Ninguno de los dos dijo nada hasta que yo le expliqué la situación:
-Menuda forma de cagarla -le dije- la del hijoputa de tu padre. Y que se dé con un canto en los dientes con que todo haya quedado así porque, si a mi padre le llega a dar por contarlo, igual hasta se ve en la trena. Que dé gracias al cielo por que esto sólo le haya costado su trabajo... y tu canción.
Sí, así conseguí la La Tormenta. Cambiándole el título a Bajo la lluvia. En aquel momento, era lógico que José Antonio no hablara, pero... ¿por qué no habrá dicho después que es suya? La escucho sobre el lienzo en blanco del silencio. Le debo mucho. Le debo mucho a esa canción.
miércoles, 15 de abril de 2020
OJO, EL SITIO DONDE VIVE PODRÍA NO SER UNA CASA
Ya puede usted tener
una habitación para cada sueño
y edificar el éxito
sobre cimientos de moneda,
ya puede usted poner
los pasillos a sus pies,
ya puede sentarse en certezas
con forma de sofá,
ya puede ver gente de ficción
en no sé cuántas pulgadas
y tener las vitrinas llenas
de un pasado mejor,
ya puede tener los muebles
en un hábitat sin polvo,
ya puede escriturar
todo el modo subjuntivo,
ya puede alicatar
todas sus necesidades,
ya puede haber pagado
todas las hipotecas al mesías,
ya puede jurar
que la aurora es una antesala
con los mejores acabados
que no tendrá usted una casa
hasta que no se levante
a abrir la puerta.
No tendrá usted una casa
hasta que no meta a un amigo
entre las cuatro paredes
que le encierran.
una habitación para cada sueño
y edificar el éxito
sobre cimientos de moneda,
ya puede usted poner
los pasillos a sus pies,
ya puede sentarse en certezas
con forma de sofá,
ya puede ver gente de ficción
en no sé cuántas pulgadas
y tener las vitrinas llenas
de un pasado mejor,
ya puede tener los muebles
en un hábitat sin polvo,
ya puede escriturar
todo el modo subjuntivo,
ya puede alicatar
todas sus necesidades,
ya puede haber pagado
todas las hipotecas al mesías,
ya puede jurar
que la aurora es una antesala
con los mejores acabados
que no tendrá usted una casa
hasta que no se levante
a abrir la puerta.
No tendrá usted una casa
hasta que no meta a un amigo
entre las cuatro paredes
que le encierran.
domingo, 22 de marzo de 2020
NO PUEDO SALIR ILESO
Ignoro si les sucederá
a todos los niños de cuarenta años,
pero yo ya no lloro
ni siquiera cuando nazco.
Será porque sólo un muerto
puede verse obligado a nacer
y porque, entre todas,
la que más duele
es la muerte pasajera.
Cómo no voy a resultarte familiar
si también yo soy extraño.
Ignoro si les sucederá
a todos los niños de cuarenta años,
pero yo, antes que una posverdad,
bien prefiero el desengaño.
Soy más yo cuanto más te quiero,
pero quiero con la misma voz
con que hago daño.
Cómo explicar a los fantasmas
que esperan en vano mi regreso
que no se vuelve de nosotros.
Cómo explicarles que mi mano
ya no volverá a ser nunca mi mano
sino nuestros dedos.
No pienso darles mis palabras,
que ya no volverán a ser mis palabras
sino nuestros silencios.
Estoy hastiado ya de primaveras.
En todas ellas he buscado
y no he encontrado un enemigo
capaz de hacerme pensar
que esta guerra contra mí
vale la pena.
Yo llevo dentro los inviernos
de las tabernas de Lasonaise.
Yo llevo dentro las tormentas
de los bosques boreales.
Cuando recompusieron los pedazos
de un héroe roto,
di yo como resultado.
Imagina la expresión de las caras
de quienes me necesitaban
y la multiplicación
del dolor de sus ojos
en las matemáticas
de todo lo que yo miraba.
No entiendo a los poetas
que creen que van a conseguir
el mejor poema del mundo.
Quizá hubiera podido
el sepulturero de León Felipe
o quizá pueda hacerlo
yo, que cultivo el oficio
de repetir a destiempo
lo poco que sé de ti y de mí,
pero no está al alcance,
conseguirlo, de un poeta.
Bebo
con los brazos abiertos.
Miro
dentro de tus gafas oscuras.
Dejo
huellas imposibles de tristeza.
Vierto
emociones cuando te me diriges.
Mancho
de ti el gris de mi cerebro.
Camino
donde los pronombres caminan solos.
Huyo
con los zapatos del revés.
Cometo
actos reflejos en tu nombre.
Desabotono
la razón para pensar en tu cuerpo.
Escondo
tu boca de las conversaciones.
Amo,
no puedo terminar entero.
Escribo,
no puedo salir ileso.
a todos los niños de cuarenta años,
pero yo ya no lloro
ni siquiera cuando nazco.
Será porque sólo un muerto
puede verse obligado a nacer
y porque, entre todas,
la que más duele
es la muerte pasajera.
Cómo no voy a resultarte familiar
si también yo soy extraño.
Ignoro si les sucederá
a todos los niños de cuarenta años,
pero yo, antes que una posverdad,
bien prefiero el desengaño.
Soy más yo cuanto más te quiero,
pero quiero con la misma voz
con que hago daño.
Cómo explicar a los fantasmas
que esperan en vano mi regreso
que no se vuelve de nosotros.
Cómo explicarles que mi mano
ya no volverá a ser nunca mi mano
sino nuestros dedos.
No pienso darles mis palabras,
que ya no volverán a ser mis palabras
sino nuestros silencios.
Estoy hastiado ya de primaveras.
En todas ellas he buscado
y no he encontrado un enemigo
capaz de hacerme pensar
que esta guerra contra mí
vale la pena.
Yo llevo dentro los inviernos
de las tabernas de Lasonaise.
Yo llevo dentro las tormentas
de los bosques boreales.
Cuando recompusieron los pedazos
de un héroe roto,
di yo como resultado.
Imagina la expresión de las caras
de quienes me necesitaban
y la multiplicación
del dolor de sus ojos
en las matemáticas
de todo lo que yo miraba.
No entiendo a los poetas
que creen que van a conseguir
el mejor poema del mundo.
Quizá hubiera podido
el sepulturero de León Felipe
o quizá pueda hacerlo
yo, que cultivo el oficio
de repetir a destiempo
lo poco que sé de ti y de mí,
pero no está al alcance,
conseguirlo, de un poeta.
Bebo
con los brazos abiertos.
Miro
dentro de tus gafas oscuras.
Dejo
huellas imposibles de tristeza.
Vierto
emociones cuando te me diriges.
Mancho
de ti el gris de mi cerebro.
Camino
donde los pronombres caminan solos.
Huyo
con los zapatos del revés.
Cometo
actos reflejos en tu nombre.
Desabotono
la razón para pensar en tu cuerpo.
Escondo
tu boca de las conversaciones.
Amo,
no puedo terminar entero.
Escribo,
no puedo salir ileso.
miércoles, 11 de marzo de 2020
J´ACCUSE O EL PRIMER ATARDECER EN LA LUNADA
Escucho el sonido de los barrotes de la celda al cerrarse del que todo preso habla. El Centro Penitenciario Lunada III no es lo suficientemente grande para encerrar mi rabia. Me rebelo ante la injusticia como siempre he hecho. ¿Qué hago aquí? ¿Cómo han podido hacerme, hacernos, esto? ¿Cómo hostias puedo hablar con Carolina? Necesito hacerlo, decirle que sé que en el fondo me quiere y que no es ella la culpable, que son otros los que no han parado hasta traerme aquí.
Es a su amiguita Isabel a quien acuso de malmeter y de tergiversar que la necesitara sólo para mí como cualquier enamorado. Acuso a nuestros hijos de hacer un drama de cuatro bofetadas y olvidar que los trapos sucios hay que lavarlos en casa. Acuso a sus padres y a mis padres de poner el grito en un cielo que no es de su incumbencia. Acuso a mi cuñada de ser la autora material de la llamada que precipitó el principio del fin. Acuso al trabajador social de no entender que más me dolían a mí los moratones, pero... ¿cómo va a aguantar un hombre según qué cosas? Acuso a la psicóloga de poner frente a mí una Carolina diferente. Acuso a la policía de quitarnos los anillos y ponerme las esposas. Acuso al fiscal de ignorar que mi único móvil fue el amor. Acuso a la jueza de amordazar al dios que la declaró mi mujer.
Escucho el sonido de los barrotes de la celda al cerrarse. ¿Cómo es posible? ¿Cómo no vi la multitud que se me vino encima? ¿Cómo no vi que, entre las cuatro paredes de lo nuestro, Carolina nunca estuvo sola?
Es a su amiguita Isabel a quien acuso de malmeter y de tergiversar que la necesitara sólo para mí como cualquier enamorado. Acuso a nuestros hijos de hacer un drama de cuatro bofetadas y olvidar que los trapos sucios hay que lavarlos en casa. Acuso a sus padres y a mis padres de poner el grito en un cielo que no es de su incumbencia. Acuso a mi cuñada de ser la autora material de la llamada que precipitó el principio del fin. Acuso al trabajador social de no entender que más me dolían a mí los moratones, pero... ¿cómo va a aguantar un hombre según qué cosas? Acuso a la psicóloga de poner frente a mí una Carolina diferente. Acuso a la policía de quitarnos los anillos y ponerme las esposas. Acuso al fiscal de ignorar que mi único móvil fue el amor. Acuso a la jueza de amordazar al dios que la declaró mi mujer.
Escucho el sonido de los barrotes de la celda al cerrarse. ¿Cómo es posible? ¿Cómo no vi la multitud que se me vino encima? ¿Cómo no vi que, entre las cuatro paredes de lo nuestro, Carolina nunca estuvo sola?
viernes, 28 de febrero de 2020
EL DESENLACE
Durante decenios creímos que, al final, sería un mar agigantado por la fusión de los casquetes polares el que nos estrangulase. Pensamos que vendría una tormenta a llevarse todo lo que habían construido nuestros padres o que la sequía nos acabaría asesinando en la previa muerte de otros cuerpos. Esperábamos que un día la temperatura ascendiera hasta convertirse en un dios de la ceniza que nos juzgara con toda la severidad de su naturaleza inhumana.
Y, en cambio, ahora que ha llegado el instante que anunciaban los satélites, resulta que no. Que ni el deshielo, ni la lluvia torrencial, ni el calor, ni los desiertos, ni el hambre. Llegado el momento, resulta que no hay más causa de muerte que nuestra estupidez, que no hay más monstruo que el leviatán imbécil de nuestra sinrazón y que la oscuridad aún nos deja ver cómo mueren nuestros hijos sin tiempo para hacer inventario de todas las veces que pudimos evitarlo.
Y, en cambio, ahora que ha llegado el instante que anunciaban los satélites, resulta que no. Que ni el deshielo, ni la lluvia torrencial, ni el calor, ni los desiertos, ni el hambre. Llegado el momento, resulta que no hay más causa de muerte que nuestra estupidez, que no hay más monstruo que el leviatán imbécil de nuestra sinrazón y que la oscuridad aún nos deja ver cómo mueren nuestros hijos sin tiempo para hacer inventario de todas las veces que pudimos evitarlo.
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