lunes, 10 de abril de 2023

TIENE LA PALABRA EL JEFE DE LA OPOSICIÓN

Ignoro cuáles eran los concretos motivos del consejo editorial del diario El País para negarle el pan y la sal al presidente Gutiérrez, pero lo que sí puedo asegurarles es que, desde luego, razones no le faltaban para ello. Y, cuando digo esto, no hablo desde el rencor, la envidia o el sectarismo sino desde el más profundo patriotismo constitucional que siempre, ni los más enconados de mis enemigos lo discuten, ha guiado mi accionar político y mi quehacer literario y desde el conocimiento de primera mano que me otorga el hecho de haber tenido el frustrante honor de ser el jefe de la oposición en el curso del primer gobierno Gutiérrez.

Ayusista de la primera hora, David Gutiérrez consiguió sobrevivir en política cuando Isabel tuvo que dimitir de todos sus cargos en dos mil veintiséis. Se hizo el muerto durante siete meses hasta que una tarde reapareció dando una conferencia en el club Siglo veintidós y comprobó que ya nadie parecía acordarse de que él, casi más que la propia presidenta, había sido la cabeza pensante del proyecto Ensanche Madrid - La peseta, que había provocado la caída de su hasta ese momento lideresa. Yo estuve en esa conferencia porque a mi secretario general se le puso en las pelotas que me pasara por allí a hacerme unas fotos para ver si colaba y Rubén Amón escribía que teníamos espíritu multipartidista. En aquella conferencia escuché por primera vez eso del centrorreformismo, la personal aportación de Gutiérrez a la tradición ancestral de la derecha española de negar su propia existencia. A la mañana siguiente, Rubén Amón escribió de la vuelta de los octavos de final de la copa de la reina. 

Yo siempre había tenido una relación fluida con David Gutiérrez. Me entendía bien con él y creo que él se entendía bien conmigo, a pesar de que estábamos en las antípodas del pensamiento del otro. Lo que no imaginábamos ninguno de los dos es que esa cercanía iba a catapultar nuestras respectivas carreras políticas en la legislatura constituyente. 

Sí, sí. Como se lo digo. La cuestión es que, durante los trabajos de la comisión del congreso que tenía encomendada la tarea de presentar un texto de constitución -la que hoy conocemos como constitución de dos mil veintiocho- al pleno para su votación, pronto se puso de manifiesto que las posiciones antagónicas de los distintos representantes de los partidos estaban haciendo imposible avanzar por el camino de un mínimo acuerdo indispensable que permitiera alumbrar una propuesta de texto constitucional. Pues bien, los ilustres líderes de nuestros grupos parlamentarios pensaron que nuestra buena relación podría desatar el nudo y facilitar el consenso. Y funcionó. Joder que si funcionó. La mecánica era sencilla. Cada día, al caer la tarde, Gutiérrez y yo discutíamos al calor de unos negronis el contenido de los artículos que al día siguiente debían aprobarse en el seno de la comisión constitucional y así, al ser nuestros grupos parlamentarios las dos minorías mayoritarias, las formulaciones que don David y yo acordábamos en el reservado del Paquita eran posteriormente aprobadas sin mayor problema por nuestros correligionarios en el pleno del congreso a la mañana siguiente.

Cuando el pueblo español refrendó la constitución el treinta de febrero de dos mil veintiocho, la canallesca repitió por tierra, webs y aire que nosotros dos habíamos sido los grandes artífices del hito histórico alcanzado hasta instalar esa idea en el inconsciente colectivo patrio. Por consiguiente, cuando la reina firmó el decreto de disolución de las cámaras constituyentes dando el pistoletazo de salida en la carrera hacia unas nuevas elecciones, ni Gutiérrez ni yo tuvimos rival en las primarias de nuestros partidos y fuimos proclamados candidatos por aclamación. 

El enfrentamiento estaba servido. Íbamos a medirnos en las urnas. A pesar de la buena imagen que, como he dicho, teníamos ambos, yo lideraba con holgura los sondeos. Tanto los de la demoscopia privada como los del CIS de Basalo. Los dos candidatos disponíamos de un enorme caudal político tras los sucesos de febrero del veintiocho, pero un factor estaba haciendo la diferencia a mi favor en las encuestas: mi belleza física. Yo siempre he tratado de disimularla porque me parece que es un débil basamento sobre el que edificar un liderazgo político. Siempre se corre el riesgo de aparecer como insustancial o, al menos, como poco profundo ante el electorado cuando se tiene una cara como la mía. Pero el caso es que aquello estaba funcionando.

Entonces, llegó el momento del debate. El único que mis asesores de campaña -la madre que los parió a todos- me dejaron celebrar. La estrategia de los gurús del partido era sencilla. Con no cagarla era suficiente. No entrar a fondo en ningún tema. No arriesgar. La ventaja que tenía era suficiente… Es todavía hoy que cuando me topo con las imágenes de aquel debate siento unas terribles ganas de vomitar. Tanto me comieron el tarro con aquellas ideas defensivas que este brillante orador socialdemócrata sostuvo durante aquellas dos largas horas un discurso tan indeciso y balbuceante que, a pesar de lo que defendieron al unísono las terminales mediáticas amigas, me retrató con la indisimulable mueca del perdedor del debate en el rostro. Y ya no hubo forma de levantar eso en lo que quedaba de campaña. Ni mítines, ni entrevistas, ni besos a bebés… Nada sirvió. Nada fue suficiente para remontar aquel desastre. La fiesta de la democracia me pasó por encima y perdí las elecciones. 

Mientras David Gutiérrez tomaba posesión como presidente del gobierno, a mí los hijos de la gran puta de la federación valenciana del partido me intentaron mover la silla en el primer comité federal que convoqué. No me tocaron un pelo porque nunca han tenido ni media hostia política, pero ya nada era lo mismo. Me costó denodados esfuerzos mantener a flote el barco de la socialdemocracia rumbo a una oposición constructiva. Pero, ¿creen ustedes que me lo agradeció David Gutiérrez? 

Estaba ensoberbecido al verse con la púrpura de un cargo que la historia había escrito para mí. En el congreso, aplicaba el rodillo de su mayoría a mis iniciativas parlamentarias que trataban de poner a salvo al ciudadano medio de su despiadada ortodoxia centroreformista. En privado, lejos de las cámaras, aún era peor. Tuvo el gesto, tengo que reconocérselo, de invitarme al ala privada de Moncloa en… no me acuerdo de la fecha exacta, pero debió ser abril del veintinueve porque lo que sí recuerdo es que Gutiérrez, al saludarme, no pudo evitar presumir, como de pasada, que venía de la entrega del premio Cervantes a Álvaro Trece. Bueno, tampoco la fecha exacta es excesivamente relevante. Lo fundamental que quiero transmitirles es que yo acudí de buena fe. Traté de aconsejarle como mejor me pareció porque el éxito de su presidencia iría en bien de los españoles. Compartiendo unas mahous verdes, le hablé de economía. No pecaré en este foro de usar detalles excesivamente técnicos para el lector, pero básicamente le dije que, para combatir la subida reciente del Euribor, debía dirigirse al país para dejar claro el mensaje de que lo que había que hacer era amortizar de golpe los préstamos hipotecarios. Así, a tocateja. Sin una cuota más. Pero no me escuchó. Ni a mí ni a nadie. Después de aquel día, no volví más a la bodeguilla. 

Aquella legislatura sólo duró tres años. Los buenos datos demoscópicos que debía tener, llevaron a Gutiérrez a adelantar los comicios. Esta vez me lancé a la campaña electoral a degüello, pero ya no había nada que hacer. Los años en el poder, con el BOE a su disposición, habían permitido al presidente crear unas redes de contactos en todos los niveles del tejido empresarial y económico que le volvieron inmune a mis andanadas dialécticas. Además, había ganado en aplomo y seguridad. Hostia, si hasta parecía que el guapo era él…

De aquella derrota ya no conseguí recuperarme. Al primer comité federal que convoqué después de las legislativas, sólo fui para dimitir de forma irrevocable. La federación valenciana del partido intentó colocar a uno de los suyos en la secretaría general, pero el actual presidente Muñoz Expósito les dejó con el molde. A mí me buscaron una puerta giratoria en la industria conservera, un campo ideal para poner mi trabajo al servicio del ciudadano. Me siento realizado, pero confieso que, a veces, al caer la tarde, me sirvo un negroni, abro la constitución de dos mil veintiocho y me pongo a leer con nostalgia el título octavo. 


viernes, 6 de enero de 2023

EL CASO DEL MAR AMARGO

Éste es tonto, dijo Enrique Sánchez apartando con incredulidad la mirada de la televisión. Pedro Delgado, aún con el amarillo del verano pasado encima,  había llegado tarde -él sabría por qué- a la etapa prólogo cronometrada con la que empezaba el Tour de Francia y había tomado la salida cuando el cronómetro llevaba contándole ya dos minutos y pico. Asentí con la cabeza. No sirvió de mucho porque Enrique Sánchez tenía la suya agachada y, además, mantenía los ojos cerrados. 

Daniel Rivera derivó (otra vez) la conversación hacia el asunto de las perforaciones. No entendía por qué era necesario bombardear el fondo marino para averiguar, primero, a qué especie pertenecían los extraños animales cuyos cadáveres llevaban semanas apareciendo en las playas de Alicante cada vez que se retiraba la marea y, después, cuál era la causa de aquellas muertes múltiples. Enrique Sánchez repuso (otra vez) que, desde el punto de vista de la biología, era evidente la respuesta. Nos recordó, exagerando, que nos lo había explicado ya mil veces y que, si no lo habíamos entendido ya, no íbamos a entenderlo jamás. Y, además, tampoco era necesario hacerlo. Nosotros éramos sus abogados y nuestro trabajo era hacer todo lo posible por evitarle sufrir consecuencias jurídicas por sus actos, no intentar entender las razones que le llevaban a llevarlos a cabo.   

Tenía razón, sin duda, el condenado pero no era menos cierto que, siendo éste el primer caso en el que trabajábamos Daniel Rivera y yo y siendo Enrique Sánchez tan entrañable amigo nuestro, no nos hacía ni puta gracia dejar tantos cabos sueltos. Nos temíamos muy mucho que la administración, antes o después, le iba a soltar un buen soplamocos a nuestro cliente por meterle explosivo al mar, pero nunca había sido sencillo quitarle una idea de la cabeza , por peregrina que ésta fuera, a Enrique Sánchez.

La reunión, si es que podía aplicársele a aquel encuentro un sustantivo tan formal, había terminado mucho antes de que Enrique Sánchez le pusiera fin saliendo por la puerta mientras nos recordaba que habíamos quedado la tarde siguiente en el Mercado Central. 

Cuando llegué allí, Daniel Rivera estaba sentado en el cuarto peldaño de la escalera que, aún hoy, lleva a las puertas del mercado. Le reconocí por sus célebres zapatos de ante porque no podía verle la cara. Se la tapaba el ejemplar del diario Información que estaba leyendo. "El mar sigue escupiendo muerte" era el titular. Más arriba, el antetítulo completaba la noticia. "El Postiguet vuelve a amanecer con cientos de cadáveres de peces interrogante amontonados en la orilla". Eran días de esplendor del periodismo alicantino.

Cuando escuchó mi saludo, Daniel Rivera empezó a incorporarse. Aún no lo había hecho del todo cuando reparamos en que Enrique Sánchez se había unido a nosotros. Todavía era pronto para ir a la sede de la asociación, nos dijo. Enma no llegaría hasta las cinco. Así las cosas, acordamos ir al bar de Luis para hacer tiempo. Fue de camino allí cuando Enrique Sánchez nos informó de que había recibido carta de Eduardo Prada. Había conocido a Françoise. En ese momento, ninguno de los tres dimos a aquello la menor importancia y sin embargo... En fin, ésa es otra historia.

El bar estaba vacío. Luis miraba la televisión cuando entramos. Retransmitían la contrarreloj por equipos del Tour. Perico no era capaz de seguir el ritmo de sus gregarios y luchaba por no descolgarse. Iba a llevarse otro capazo de minutos. Dos días de carrera y ya no había nada que hacer. Aun así, a Luis le contrarió visiblemente tener que apartar la vista del televisor para servirnos.  Me gustaría poder decir que pedimos café, pero la comanda se compuso de alcoholes de alta graduación combinados con refrescos cuya marca comercial no revelaré por no hacer publicidad gratuita a quien no merece tal deferencia.

Aun en verano, poquitos errores tan groseros como poner demasiado hielo a un cubata. Pero a ver quién era el guapo que se lo hacía notar a Luis…Así que los tomamos como estaban y nos dirigimos, lamentando profundamente no poder quedarnos a una deseadísima segunda copa, a la sede de Cuenta conmigo

Hoy diríamos que Cuenta conmigo era una oenegé pero, entonces,  no manejábamos ese tipo de vocabulario. El caso es que, como adelantaba antes en boca de Enrique Sánchez, era una asociación (no disertaré más en detalle sobre su forma jurídica por no resultar inaccesiblemente técnico) que ayudaba a personas que tenían cualquier clase de problema. Sin más. Sin menos. Ibas allí, pedías ayuda y Enma y los demás voluntarios movían cielo y tierra para echarte un cable.

En ese colectivo de "los demás voluntarios" podríamos incluir a Enrique Sánchez. Esa tarde nos llevaba a Daniel Rivera y a mí para que estudiáramos la situación de Araceli. Araceli era una chica de dieciséis años, huérfana y con un crío recién nacido. Estaba viviendo con unas monjas y Enrique Sánchez quería que encontráramos la manera de conseguirle alguna especie de vivienda social. Sí, por aquel entonces, Enrique Sánchez ya hacía estas cosas. El problema con ello, sin embargo, era el mismo obstáculo con el que nos encontrábamos en la práctica totalidad de las ramas del Derecho: que Daniel Rivera y yo no teníamos ni puta idea. Por consiguiente, balbuceamos tres ó cuatro vaguedades y quedamos en que nos entrevistaríamos con un par de autoridades municipales que, ni que decir se tiene, no existían.

Unos cuantos días después, disculpen la imprecisión motivada por el enorme tiempo transcurrido, cuando Enrique Sánchez se metió en el mar hasta las rodillas para colocar esos pequeños artefactos bajo la arena, Daniel Rivera y yo no necesitamos decirnos el uno al otro lo que ambos sabíamos perfectamente. De eso no íbamos a salir soltando vaguedades. Mirábamos a izquierda y derecha esperando que apareciera en cualquier momento la madera para detenernos a  todos, mientras Enrique Sánchez continuaba trabajando. Era sorprendente que no pareciera tener más de sesenta pulsaciones a pesar de la conversación de la que Daniel Rivera y yo habíamos sido testigos la noche anterior. Las cuentas del primer edil de la ciudad era claras. Días agujereando el fondo oceánico: quince. Avances: cero. Posibilidades, y cito textualmente, de que le diera de hostias: noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento. 

Por ello, cuando me había llamado para citarnos esa tarde en el Postiguet, pensé que iba a decirnos que lo dejaba. Una especie de retirada ¿a tiempo? Tan convencido estaba de ello que le trasladé esa sensación a Daniel Rivera cuando le hice partícipe de la cita. Sin embargo, cuando Enrique Sánchez salió del agua y se dirigió a paso firme hacia nosotros, lo que hizo antes de pronunciar palabra fue rodearnos a los dos en un sorprendente y, por qué no decirlo, un tanto inquietante abrazo. Todavía sin soltarnos, y con esa expresión florida de la que a ratos hacen gala los científicos que han leído bien a Álvaro Trece, por fin nos susurró en el oído:

La reputa madre. Lo tengo. Me lo merezco. Me lo merezco.

Creo que Daniel Rivera convendrá conmigo en que en ese momento los dos pensamos que la presión vivida, a pesar de la aparente tranquilidad que mostraba, había pasado factura a la estabilidad psicológica de Enrique Sánchez. Sin embargo, ni la mañana siguiente al referido abrazo, ni la posterior, ni la posterior a la posterior, ni jamás nunca la marea volvió a arrojar cadáveres de lo que el cuarto poder alicantino había llamado peces interrogante. 

A pesar de nuestros temores iniciales, la comunidad bióloga internacional recibió con elogios los trabajos mediante los que Enrique Sánchez expuso cómo identificó, primero, la especie y cómo, después, creó las condiciones óptimas para su supervivencia en la Costa Blanca. ¿Cómo demonios había descubierto tantas cosas de la noche a la mañana? ¿O es que tenía la información antes y la había ocultado hasta ese momento por algún  enriquesanchezco motivo? Recuerdo haberme hecho estas preguntas en aquel momento, pero el alivio de haber pasado página hizo que ni siquiera me parara a esperar una respuesta. 

Es curioso cómo acontecimientos que, en un momento determinado, constituyen el único objeto de ocupación y preocupación de lo que los redichos llaman opinión pública, pasan, una vez que son expulsados del centro del escenario por una nueva noticia, al más absoluto de los olvidos. Y ahí es exactamente donde han permanecido durante todos estos años los hechos aquí relatados hasta esta mañana, cuando Daniel Rivera y yo hemos recibido una visita en el despacho. Araceli Campos. Algo de poca monta. Sólo una consulta. ¿Cuándo prescribe la apropiación indebida de un tesoro encontrado en el mar? ¿Cuándo puede inscribirse en el registro de la propiedad una finca adquirida con dinero de dicha procedencia? El problema no es ése. El problema, señora, es el mismo que nos encontramos en la práctica totalidad de las ramas del Derecho. El problema es que Daniel Rivera y yo no tenemos ni puta idea

lunes, 12 de diciembre de 2022

DIARIO DE VIAJE DE UN ASESINO A SUELDO

Ir de freelance tenía sus ventajas, no voy a negarlo. Sin embargo, formar parte de una organización grande permite hacer este tipo de cosas. No se crean, que cierto cargo de conciencia sí tengo. Son ya años en el oficio de sicario y es la primera vez que hago algo así.

Antes de seguir contándoles, aunque sé que no es necesario decirlo, esto queda entre ustedes y yo. Ni una palabra a nadie. Como esto llegara a oídos de la organización... En fin... que me iba a costar muy poquito hacer que un hipotético bocachancla apareciera muñeco en una cuneta. 

Bueno, al turrón. A lo que voy es a que la organización me ha encargado dar matarile a un grupo de cuatro pringaos, dos pertenecientes al sexo débil y otros dos integrantes del sexo femenino. ¿Por qué? Ni  puta idea. Ellos sabrán. Algo habrán hecho a quien no debían hacérselo. Hasta aquí, un día más en la oficina. Lo que ya no es tan habitual es que, en el curso de las averiguaciones que siempre son necesarias para que la ejecución de un trabajo sea satisfactoria, descubrí que estos pobres estaban a punto de irse de puente a Nueva York y la idea brotó instantánea. Coño, ¿por qué no? Si vendo la moto de que es necesario seguirlos en su viaje para poder cepillármelos, le saco a la organización un viaje a la capital del imperio por la cara. Y, como aunque está mal que yo lo diga, estoy bastante bien visto por los jefes, la organización no me puso un pero. Así que el plan básicamente consiste en seguir a los objetivos en su trayecto y, en el mientras tanto, ir contando en los informes que, por imperativo de la organización tendré que mandar cada día a mis superiores, que hoy tampoco ha sido posible cargármelos por cualquier pretexto y, en cuanto volvamos a España, matarlos. Vamos, en Barajas mismo. Y aquí no ha pasado nada. Es poco profesional, lo sé. Pero, joder, para la organización no es dinero y a mí vaya a saberse cuándo me surge otra oportunidad de viajar a los estates

Llegar al aeropuerto con la emoción del viaje de ida es una sensación incomparable, pero me dura poco. Esto es la T cuatro y el vuelo sale desde la T uno. Vamos, no me jodas. ¿Y qué culpa tengo yo? Yo vengo siguiéndoles a ellos y presupongo que han mirado el billete, pero se conoce que no...Bueno, no quiero hacerme mala sangre. Sobre todo porque hay un autobús que lleva a la primera terminal por la patilla. Ocupo el asiento más próximo al conductor. Justo antes de salir, sube una señora preguntando si ese autobús es el de Barcelona. Tengo que hacer enorme esfuerzos para no descojonarme

Hace años que vengo diciendo que el trato que se dispensa al viajero en las zonas de control de equipajes vulnera no pocos artículos de la Convención de Ginebra, pero así están las cosas. Si se quiere volar, hay que pasar por el aro y toca despelotarse. Una vez dentro, se olvida todo. Habrá que comer algo antes de volar, ¿no? Parece que se encaminan al Burger King. Burger King, los cojones. Entiendo que los objetivos miren el duro, pero yo voy a gastos pagados y papeo en la Boutique del gourmet como un señor, que en el nuevo mundo vamos a acabar de burgers hasta las pelotas. 

Ya con el estómago lleno, paso a la tienda ésa que está cerquita de la puerta de embarque C cincuenta y dos. Saben cuál les digo, ¿no? Lo suyo sería hacerse con una almohada hinchable para prevenir la tortículis pero, hostia, el precio es prohibitivo. Vale que pague la organización pero no tengo corazón para meterles ese sable. Puta suerte la mía, me toca el control aleatorio de maleta de la compañía aérea. La abro delante del segurata y, al igual que antes en el escáner, no detectan los hierros que llevo en el fondo. ¿Qué? ¿Cómo es posible? A ustedes se lo voy a contar...

Entre pitos y flautas, cuando quiero llegar yo a la cola para subir al avión, ésta ya es muy cortita. Enseño el pasaporte y la tarjeta de embarque y, al ir a dar el primer paso, un señoro corta mi avance de cuajo diciendo que me falta la vacunación. ¿Cómo que me falta? Si tengo puestas las tres putas dosis... Nos enzarzamos en una discusión con un tono de voz más alto de lo que es propio de un gentleman como yo, tras la que descubro que el problema es que no me han puesto no sé que pegatina en el pasaporte que no sé quién coloca allí cuando el pasajero en cuestión muestra el carnet de vacunación. Cuando le acredito tener cumplidas mis obligaciones para con la salud pública, me permite la entrada muy amablemente. En cualquier caso, éste no se libra de que le haga una visita a mi vuelta en cuantito haya acabado con los cuatro que ahora me ocupan.  

El vuelo se me hace cortísimo porque lo paso, casi todo, sobando merced a una pirula suministrada por el doctor Rodríguez. Llegamos con adelanto. El personal baja lo mas rápido que le es posible de la aeronave para hacerse con un puesto decente en la fila del control de pasaportes previo a la entrada en suelo americano. Sin embargo, contra todo pronóstico, la espera es corta. Uy. Uy. Uy. Desde mi posición, veo claramente como los objetivos han entrado sin poner las huellas en el mecanismo habilitado al efecto y el agente de frontera les ha dejado pasar hasta la cocina. ¿Quién es en realidad esta gente? No, si al final voy a acojonarme y todo...

En el curso de las averiguaciones que siempre son necesarias para que la ejecución de un trabajo sea satisfactoria, supe que los objetivos, antes de centrarse en la city, tenían la intención de desplazarse en coche hasta una localidad cercana a Nueva York por ubicarse allí cierta construcción de interés turístico. Lo que ignoro es el destino exacto de la escapada, por lo que decidí reservar anticipadamente un coche de alquiler con el que seguirlos. Probablemente por algún motivo escabroso que habría que determinar a través de psicoanálisis, me pierden los coches grandes. Así que en el Car rent elijo el de mayor tamaño que me permite la generosa tarifa contratada y correspondientemente endosada a la organización. 

Nada más tomar la carretera de salida del JFK me queda claro que por carriles no va a ser. Qué bárbaro. Y, a pesar de ello, el tráfico es intenso. La hora, las seis y veintidós de la tarde, debe contribuir con el fin de la jornada laboral del yankee medio. Nos acercamos a Manhattan. Parece que vamos a atravesar todo el meollo. Qué locura, ¿no? Menuda gente.

¡Hostia puta! ¿Pero qué es eso? En los carriles del sentido contrario surge de una curva el pelotón ciclista más extraño que he visto en todos los años de mi vida. Se mueven por la highway siguiendo trayectorias extrañas llegando, incluso, a acosar a los vehículos de tracción motora. Agradezco muy sinceramente a los dioses que esa santa compaña no haya decidido surcar los carriles de mi sentido. Cuando devuelvo, más que probablemente con cara de tonto, la vista al frente, me topo con una señal que prescribe la velocidad máxima de setenta millas por hora. ¿Y eso cuánto es? Trato de encontrar la equivalencia milla-kilómetro haciendo uso del teléfono móvil. Hasta que el desproporcionado sonido de un claxon hace que ponga los ojos otra vez en la carretera. La falta de concentración ha hecho que me desvíe hacia la derecha hasta estar al borde de la colisión con una pick up que transporta dos neveras y una lavadora. Debo insistir: hostia puta.

Como, por suerte o por desgracia, a todo se acostumbra uno, me voy serenando y, tras -minuto arriba, minuto abajo- un par de horas, aparco el coche a una prudencial distancia del de los objetivos, que ha estacionado segundos antes en un pueblecito llamado Clinton. Entro en un dinner. Pido una cerveza y el menú. ¿Cómo? Me ha parecido entender que no tienen cerveza. Sin duda, un error de traducción. Mi inglés anda oxidado. No es un error. No tienen cerveza. Ni vino. Ni bebida alcohólica alguna y, por tanto, yo aquí sobro. Ocupo el tiempo que les lleva cenar a los objetivos en localizar una licorería de donde me llevo unas latas de cerveza. 

De regreso al dinner, me quedo estupefacto al comprobar que los objetivos vuelven a subirse al coche y continúan camino en la carretera. ¿Pero no iban a un sitio al lado de Nueva York? La madre que los parió. Me tengo que volver a poner al volante sin haber cenado y, claro, sin saber cuánto me queda para llegar porque no tengo ni guarra idea de dónde voy. Y el tiempo pasa. Y llevo treinta horas despierto. Y voy dando cabezazos. Y subo la música. Y subo el aire acondicionado. Y sigo dando cabezazos.

No sé cómo he llegado entero al motel de carretera en que, al fin, han parado los objetivos. Es ese tipo de alojamiento que han visto ustedes un millón de veces en las road movies de la tele. Pido habitación. Me dan la llave. Me acuesto vestido convencido de que voy a dormir una semana.

Sin embargo, tres horas después estoy despierto. Qué hijo de la gran puta es el jet lag. Y qué hijos de la gran puta son los huéspedes que están haciendo sonar la máquina de hielo. La noche se me hace eterna. Me ducho antes de que canten los gallos de la costa este norteamericana y voy a recepción para dar cuenta del desayuno incluido en precio de la habitación. ¿Es una broma? ¿Esta mierda es el desayuno? Se lo recrimino al pamplinas que está tras el mostrador, que -pásmense- aún se me pone gallito. Siento el impulso de darle dos hostias, pero me calmo a mí mismo. No se pueden hacer así las cosas. Vuelvo a mi habitación. Abro la maleta. Saco la herramienta y, tras comprobar que no hay ningún curioso, le planto tres tiros con silenciador. La sangre no se ha expandido, así que no me lleva mucho tiempo meter el cadáver en una bolsa, llevarlo a mi habitación y dejarlo debajo de la cama en que he mal dormido. 

Los objetivos deben tener hambre porque han cogido el desayuno, en modalidad self service por razones obvias. Cuando terminan suben al coche y reemprenden el viaje sin imaginar que, a una prudencial distancia, también yo lo hago. Estamos toda la mañana en el coche. Definitivamente, en Estados Unidos deben revisar el concepto cerca. Hasta que llegamos a un pequeño pueblo cuyo nombre no he llegado a ver señalizado. Las objetivos van directamente a un restaurante. Yo entro inmediatamente detrás. No juzgo necesario tomar más precauciones puesto que, como llevo gorra, estoy completamente mimetizado con el medio y ni el más atento observador podría distinguirme de los lugareños. La hamburguesa es una señora hamburguesa. La de arena es que no tienen cerveza tampoco. Definitivamente, en Estados Unidos deben revisar el concepto hostelería. 

Alucinen, es evidente que todavía no hemos llegado al destino final puesto que volvemos al coche recién acabado ese líquido infame que los americanos llaman café. El destino final resulta ser el pensilvano condado de Fayette, donde se encuentra la Residencia Kaufmann o, como quizá alguno de ustedes la conozca, la Casa de la cascada. No quiero abrumar a nadie con mis sólidos conocimientos sobre la obra excelsa de Frank Lloyd Wright, así que sólo diré que paso un par de horas cojonudas y hago doscientas treinta y siete fotos desde los más variados puntos de vista.

Tras la Fallingwater, me veo obligado a chuparme unas horas de outlet al que los objetivos van en búsqueda de gangas. Con la situación cambiaria internacional, lo llevan claro pero, bueno, a joderse tocan. Aprovecho el tiempo para ir adelantando informes para la organización. Debo pensar bien los pretextos para que los jerarcas de la organización no se huelan nada raro cuando vayan pasando los días y los objetivos sigan vivitos y coleando. Tras el outlet, más coche y -oh, sorpresa-, Washington, DC.

En el curso de las averiguaciones que siempre son necesarias para que la ejecución de un trabajo sea satisfactoria, no hallé ninguna pista de que los objetivos fueran a hacer escala en la capital federal, pero me parece una sabia decisión. Ellos van a un apartamento reservado, sin duda, a través de esa aplicación en que ustedes están pensando. Yo voy a un hotel como Dios manda, cortesía de la organización. Duermo como un bebé y estoy listo para un día basado en el manual washingtoniano del turista: Casa Blanca, Capitolio -donde hay una protesta de unos abortistas contra una sentencia de, tomen nota, una jueza federal que me pone de muy mala hostia porque yo me considero provida-, Arlington y Georgetown -donde, por cierto, detecto muy poquito ambiente de estudio.

¡Me cago en la puta! Mira que me han pasado cosas en mis años de carrera, pero que el coche de unos objetivos me diera un golpe aparcando todavía no me había pasado. Me han dado en todo el morro los cabrones. ¿Se bajan? Se bajan haciendo gestos de perdón con las manos. A la desesperada, salgo yo también del coche tirando de inglés y usando un acento americano al más puro estilo José María Aznar y salgo de allí a toda leche. Aunque ha sido un momento, me han visto. Si me volvieran a ver y alguno de ellos me reconociera, y ya me jodería perderme medio viaje, tendría que hacer aquí mismo el trabajo.

Duermo mal dándole vueltas al incidente. Está claro que un profesional no puede nunca bajar la guardia. Ni siquiera cuando está, más o menos, de vacaciones. Luego, durante las horas de viaje hasta Nueva York, me sumerjo en la música de las sucesivas emisoras  country sintonizables en cada lugar de paso. Poco antes del JFK, paro el carro en una gasolinera. Tengo pactada con la agencia de alquiler la devolución con el depósito lleno. De pie frente al surtidor me surgen una pregunta. ¿Qué mierda es un galón? Wikipedia me da la respuesta. Lleno y, sin solución de continuidad, devuelvo el coche. 

No puedo irme del JFK todavía porque los objetivos andan metidos en una interminable conversación con el caballero de la agencia de alquiler, competencia de la que yo he utilizado, encargado de recibir los vehículos. No sé qué diantre estarán preguntando pero, desde mi posición, percibo con nitidez que el pavo del Rent car está poniendo toda su capacidad comunicativa, incluida la corporal, para que se piren. Por fin, the end, finito el tema y, después de un trayecto suburbano entre las estaciones de Jamaica y Pensilvania en el que voy leyendo el conocido ensayo Centrorreformismo y arquitectura cachonda, pongo los pies en el suelo de Manhattan

Tengo el tiempo justo para registrarme y dejar el macuto en el hotel antes de centrarme en lo mollar. Hoy hay que estar a lo que hay que estar. Hoy el Real de Madrid se juega el pase a una final de Champions League. Los objetivos ingresan, y yo tras ellos, a un local repleto de buena gente cargada hasta los dientes de distintivos del rey de Europa. ¡Noooo! Salen del mágico establecimiento descrito haciendo visibles gestos de desagrado por el ruido reinante. Acaban entrando en un pub irlandés que, comparado con lo otro, es un camposanto. Tampoco puedo ponerme tiquismiquis. Al menos, el partido se ve. Lo que pasa es que lo que se ve me gusta nada y menos. Vamos cero a uno por debajo de los ingleses en el tanteo. Necesitamos dos goles para forzar el tiempo extra. Minuto ochenta y nueve. Los objetivos pagan y se marchan del garito. ¿Pero dónde vais, gilipollas? ¡Que es el Madrid, payasos! Da tiempo de sobra. Me cuesta un mundo cumplir con el deber de seguirlos desde la sombra. Cuando el aviso del teléfono móvil me informa de la remontada y soy consciente de que no he sido testigo de tan glorioso acontecimiento, siento un deseo casi irrefrenable de acabar con ellos en plena calle. No obstante, las cervezas que voy encadenando en la celebración contribuyen a que, poco a poco, me vaya calmando hasta que, no pocas rondas después y ya noche cerrada, regreso al hotel no sin cierta dificultad para mantener el equilibrio, tras comprobar la superpoblación de gente raruna que presenta Pensilvania Station a estas horas. 

Por la mañana, camino por Manhattan como metido en una puta película. Las calles de esta ciudad, como les pasará a ustedes, las tengo metidas en el fondo de armario del subconsciente. ¿O es del inconsciente? En cualquier caso, lo mismo da. Lo que pasa es que estoy tan absorto que estoy a punto de perder a los objetivos más de una vez. El Empire State sale a mi encuentro a la vuelta de cada esquina. Times Square, World Trade Center, Brooklyn Bridge, Greenwich Village van pasando por mí más que yo por ellos. Definitivamente, ha merecido la pena esta pequeña travesura. Ahora, también les digo que creo sinceramente que, después de estos días, van a tener que darme la compostelana al ritmo de pateo al que me están llevando estos pirados. Regreso al hotel para descansar un rato la paliza que llevo encima antes de cenar, pero me quedo tieso y no regreso al mundo de los vivos hasta la mañana siguiente. 

En cuanto pongo un pie en la treinta y dos oeste, sé que el sol se ha ido para no volver. Las gotas caen sobre el asfalto como una sombra de duda sobre el rotundo grito de Nueva York. De entrada, dada la poca intensidad de la precipitación, hasta me parece agradable recibir la lluvia sobre mí. Pero no tardo en cansarme y, después de dos horas puede decirse sin temor a exagerar que estoy hasta los cojones del agua. Tanto es así que recibo con alborozo la decisión de los objetivos de subirse a un autobús. Les sigo, tres asientos más atrás, hasta la parada situada frente a los Cloisters. Lo digo claro. Se pongan como se pongan los señores del Met, esto es un jodido ex-po-lio. Fuera sigue igual y nada hace tanto por la cultura como el mal tiempo como lo atestigua la siguiente parada del periplo: el Moma. Nada más que añadir. Sólo daré mi opinión sobre el arte moderno en presencia de mi abogado. Recorro el museo en el tiempo mínimo indispensable para aparentar interés y regreso al exterior con la firme intención de no ponerme delante de otro puto cuadro en una buena temporada. 

Mi perenne pasión por Audrey Hepburn es lo que me hace entrar en Tiffany al cabo de unos minutos. Hecho un vistazo rápido y leo con alivio la palabra Restroom sobre una puerta al fondo de la primera planta. Una vez hago uso del baño, me dirijo hacia la salida de la joyería. Poco antes de cruzarla, descubro la existencia de una insignia de oro blanco que, por su mínimo tamaño, entiendo al alcance de mi poder adquisitivo. Pregunto, con el mejor inglés que puedo sacarme de la manga, a una dependienta que se marcha balbuceando sin siquiera mirarme a la cara. Vamos a ver, gilipollas, ¿es que no me has oído? Vaya que si me ha oído. Pero parece que a sus ojos no soy digno de ser atendido en aquel lugar. No pasa nada. Calma. Cuento hasta diez. Respiro hondo. Y, cuando veo a la tiparraca entrar en él, me cuelo tras ella en el almacén y le parto el cuello girándoselo rápido con toda la energía de mis manos de clase media. Oh, hipnótico crujido celestial en mis oídos. Las labores de intendencia que inevitablemente resultan necesarias para deshacerse de un cadáver hacen que, por un momento, dude de si voy a poder llegar a tiempo a mi butaca de la octava fila del teatro de Broadway donde van a representar Wicked. Pero, as usual, lo consigo y ahí estoy para aplaudir a rabiar a Britney Johnson desde la primera nota. 

El nuevo día multiplica la fuerza de la tormenta. Los objetivos, aun así, se tiran a la calle. Yo voy detrás. En algún momento tendrá que parar y, qué carajo, mañana hay que regresar a España y volver al curro. Es ahora o nunca. Paragüitas, chubasquero y a hacer millas séptima avenida abajo. Oye, y más o menos, no se va tan mal. 

En algún momento tendrá que parar. Y un huevo. Llevo mojada cada prenda de mi ropa. Tengo frío. Pero los objetivos continúan caminando bajo el agua como si hacerlo fuera lo más normal del mundo. Observo un momento la situación desde fuera y me rompo en mil carcajadas, cada vez más sonoras y que soy incapaz de controlar. Tan violentas son mis risas que una ancianita de marcadas facciones amerindias se me queda mirando. Me mantengo en silencio bajo una película de rubor. Entonces, vuelvo a sentirme empapado. Creo que no voy a poder evitar el llanto pero, entonces, los objetivos entran en una hamburguesería y yo les sigo, a una prudente distancia por supuesto, para escapar de las húmedas garras del temporal. 

Comer mi hamburguesa descalzo, libres mis pies de mi calzado y de mis chorreantes calcetines, es la experiencia más cercana a la felicidad que he tenido en los últimos lustros. Sensación que va mejorando progresivamente a medida que van desfilando por mi mesa las Budweiser frías que voy solicitando a los camareros. Toco el cielo hasta que una cuenta de treinta mil pelas me devuelve a la tierra. Me parece un escándalo, pero pago religiosamente. No dejo, eso sí, más que la propina mínima a la que obliga la costumbre del Estado de Nueva York con la esperanza de que la dirección del restaurante reflexione y concluya que la política de precios no va por el buen camino. 

Oigo por ahí que hoy es el día de entrada libre en el Guggenheim. Bueno, leyendo la letra pequeña, de lo que se trata es de una de esas americanadas en que el visitante paga lo que le sale del bolo por entrar en el museo. Sea como sea, servidor no va a acudir a la llamada de la fundación de don Solomon. Primero porque ayer tuve exposiciones suficientes para tres ó cuatro primaveras. Segundo porque en la villa y corte tenemos la primera pinacoteca del mundo -por favor, pónganse en pie al escucharme nombrar el Museo Nacional del Prado-. Y tercero porque, no nos engañemos, yo ya he arrancado la moto con las birras, he cruzado la línea roja tras la que ya no hay retorno y tengo la innegociable intención de proseguir la caravana hasta que cierre el último garito de la ciudad. Oteo el panorama de la acera de enfrente. ¿Un Irish pub? Pues venga un Irish pub. 

El bar contiene cierta vidilla en su interior. Hay un partido de no sé qué que están retransmitiendo todas las pantallas del local. En la pizarra más cercana a la barra escrita está una oferta interesante. Una botella de vino blanco por un precio bastante civilizado. Llamo la atención del camarero. No, no espero a nadie más. Es para mí solo. ¿Algún problema? Pues date brío, niño. Paso diez minutos a palo seco. Vuelve el camarero con las manos vacías. No recuerda qué he pedido. ¿Qué coño nachos? ¡El vino de la oferta! Apúntalo, coño. Otros diez minutos después vuelve sin nada en la bandeja. No queda vino. ¿Tú eres imbécil, chaval? Pues ponme una pinta de lo que sea, pero tráeme algo de una puta vez. Ahora no porque hay ropa tendida pero, como podrán comprender, a este inútil voy a darle candela cuando acabe el turno. Mientras tanto, me centro en el New York Rangers vs Pittsburgh Penguins de la National Hockey League, que resulta que ése era el partido, y en el líquido elemento que, gracias a Dios, ya me han servido. 

Resacón de siete grados en la escala de Richter. No recuerdo cómo llegué a la cama. Tampoco recuerdo haber finiquitado al camarero. Ese tontín ni sospecha que ha vuelto a nacer. Me levanto ya con la melancolía a cuestas. Esto se acaba. Es el domingo superlativo. Saco fuerzas de donde no quedan y trato de aprovechar el último día en lo posible. Naciones Unidas, Central Park y callejear y callejear y callejear hasta que suena la campana que llama a regresar al aeropuerto. Los caminos de vuelta siempre son eternos. Pensar en mañana me deprime. A los objetivos los quito de en medio rápido en la mismita terminal de llegadas. Eso es lo de menos. Pero la movida que hay que montar para ver a la gente de la organización, cerrar el encargo y fijar nuevos objetivos es un coñazo. Qué pereza, señores.

Me despierto en mi asiento del avión a veintitrés minutos de la hora prevista de llegada a Madrid. No nos dan ni un triste café para desayunar. Hay que joderse. Cuando aterrizamos, a diferencia del vuelo de ida, el pasaje baja en silencio. Me sitúo a la espalda de los objetivos. Cada vez más cerca. Quito el seguro de la pipa con discreción. Estamos a cincuenta metros del lugar en que he decidido ejecutarlos. Cosas de trabajar en una organización importante. Hay infraestructura para crear puntos ciegos incluso en lugares tan concurridos como éste. Recibo la vibración con que el teléfono alerta de la recepción de un mensaje. Aborte el trabajo. Los objetivos han dejado de serlo. Repito: aborte el trabajo. No me jodas. Dudo. Pero el mensaje no admite interpretación ni duda. Son ya años en el oficio de sicario y es la primera vez que veo algo así. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Quién es en realidad esta gente? No, si al final voy a acojonarme y todo...

domingo, 16 de octubre de 2022

DEFENSA DE LA MEDIOCRIDAD

Un poeta que no antepone 
su poesía
a su vida
es un mediocre.

Un poeta que antepone
su poesía
a su vida 
es un auténtico gilipollas. 

domingo, 14 de agosto de 2022

NADA MÁS QUE ESTO

He pasado una eternidad 
intentando definir la muerte
que se anuncia en los relojes digitales.
Definir lo que siento por ella.
Definir el miedo que me da
que se rompan los cristales de la risa.
El miedo que me da que la tormenta 
separe nuestros caminos con barro. 
Explicarme con palabras la esperanza.
La ilusión sin razones ni justificación. 
Los movimientos reflejos del alma. 

He pasado una eternidad 
intentando definir la vida 
que brota del clima maravilloso 
de cuando entra ella en una habitación.

Hasta que una noche me di cuenta
de que es exactamente al contrario.
En realidad, son todas esas cosas
las que me definen a mí. 
Y dicen que no soy nada más que esto.
Unos ratos un sinónimo 
y. otros, un antónimo vuestro. 

lunes, 1 de agosto de 2022

DESMONTANDO EL SISTEMA SOLAR

¿Alrededor del sol? Pobrecillos…
Pero es mejor no contar a los astrónomos 
que, en realidad,
Mercurio,
Venus,
Tierra, 
Marte, 
Jupiter, 
Saturno, 
Urano, 
Neptuno
e, incluso, Plutón
llevan ya tiempo  
que no giran más que alrededor de ti.
Sin que se dé cuenta el pasado.
Sin que lo sepa el porvenir. 

martes, 21 de junio de 2022

DE TU TIPO

Pero vamos a ver, chaval.
Vamos a ver, mentecato. 
Si ahora sientes que te habla a ti
esa canción que nunca te había dicho nada.
Si se te vienen a la boca las
expresiones que ella usa desde niña. 
Si, de pronto, eres capaz de predecir
el próximo paso de sus manos.
Si, de pronto, no eres si ella no está.
Si, de pronto, no vas si ella no viene. 
¿Seguro que la quieres porque es de tu tipo?
¿No será que es de tu tipo porque la quieres? 

lunes, 20 de junio de 2022

LAROCHO

Prometo renacer entre las ascuas. Con esta oración, ha terminado el relato foguerer de Benavent que he ido leyendo de la pantalla de mi teléfono móvil durante mi paso por dos de los largos pasillos de este edificio de Madrid. Tal consorcio de palabras ha hecho que ser alicantino se me salga de la camisa. Tanto que, al ver en el reloj de la pared una aguja en el ocho y otra en el doce, me sale decir sin voz larocho.

Y, al salir del ascensor, mi corazón se alza como una plantà. Y vuelvo a ser el niño que prueba la coca amb tonyina en la barraca del tío. Y las flores abarrotan las calles. Y el sonido de Luceros llega derribando todas las puertas del tiempo y el espacio porque, en las llamas de mi casa, lo viejo se vuelve eterno. Y, a la llum de mis hermanos, se disipan las tormentas. Y, así, bajo el sol de la noche del solsticio de mi tierra, tras otro largo pasillo, llego a la sala, ocupo mi sillón de siempre, fluye por la sonda la quimioterapia y, ya no, sé que no faltaré a las hogueras de mañana.

sábado, 23 de abril de 2022

HASTA QUE LLEGÓ SUSANA

Llovía el día en que, me parece que fue ayer, empecé a trabajar en Lamucca. Cuando entré por primera vez en el restaurante, notaba la responsabilidad en mis tendones. Habían movido cielo y tierra para traerme desde el norte. Estaba decidido a retribuir los esfuerzos realizados para contar conmigo y la confianza que se me había otorgado. Centrado en cumplir mi papel de la mejor forma posible. Centrado. Hasta que llegó ella. 

Su nombre sonó en cocina igual que si una pila de platos se hubiera hecho añicos en el suelo. Los compañeros iban contándose unos a otros que Susana Carbonara estaba sentada en la mesa ocho. De pronto, todo se llenó de la ensalada colectiva de emociones que su presencia provocaba en el personal. Zozobra, esperanza, miedo, ilusión desbordaban Lamucca

A ustedes les surgirá ahora la misma pregunta que a mí entonces. ¿Quién demonios era Susana Carbonara y, sobre todo, por qué ponía de los nervios a todo el mundo? Les daré, aun a riesgo de resultar soez, la misma respuesta que a mí me dieron. La puta ama de la crítica de cocina. No había término medio. Sus opiniones catapultaban restaurantes al triunfo o los cerraban. Y estaba en el nuestro. Nos la jugábamos a una carta. 

Entonces, hice lo que cualquiera con un mínimo de curiosidad hubiera hecho. La miré a través de una rendija desde el puesto que me habían asignado. Y experimenté algo que nunca, se lo juro, nunca antes había experimentado. La visión de aquella mujer bajo la luz de la noche del viernes estuvo a punto de deshilacharme. Sus facciones rimaban en consonante con mis ojos, por lo que éstos no obedecían las repetidas órdenes de mirar hacia otro lado que mi cerebro les enviaba. Definiría mi ánimo como fascinación si no fuera porque al hacerlo traicionaría, al quedarme tan corto en mi descripción, el deber de lealtad con ustedes, lectores, que me obliga como narrador. 

En cualquier caso, y fuera cual fuese el término que usáramos para definirlo, fui arrancado de golpe de aquel estado. El camarero entró apresurado, blandiendo la comanda, y diciéndome que Susana Carbonara había pedido verme. A mí. Sí, a mí. ¡A mí! La madre -sí, soy un soez- que me parió. Estuve a punto de caerme redondo, pero un cocinero que andaba cerca lo evitó. Dedicó unos minutos a tranquilizarme. Me atendió. Me recompuso. Y, en fin, me ayudó a salir lo más acicalado y confiado posible.

Sin embargo, cuando llegué a su mesa y pude oler su perfume, recaí en esa dulce causa de enajenación mental llamada Susana Carbonara. De nuevo, no era capaz de más acción que contemplarla ensimismado de arriba a bajo. Y, entonces, deseé con todas mis fuerzas estar dentro de su cuerpo. Y vaya si acabé dentro de su cuerpo. Dio cuenta de mí en unos minutos. No quedó ni rastro en aquel plato de este pobre chuletón que les escribe. 


domingo, 3 de abril de 2022

NO ME ATREVO A CONTARLE


El lector me aprecia porque yo
he sufrido las mismas derrotas que él.
Porque me cuento también entre los huérfanos.
Porque se me hacen largos los días 
en que se nos traga la tierra del domingo. 
Porque la mayoría de mis ríos
no van a llegar nunca al mar. 
Porque soy uno de esos que se morirán
como si no. Sin que el verano se pare.
Porque estoy hecho de chatarra y hueso.
Porque te miro con unos ojos que no tengo.
Porque me corre sangre medio muerta
por las venas de los versos. 
Porque escribo donde las puertas cerradas me derriban.
Porque verás poemas rotos en mi nombre.
Porque de mis errores aprendí
que fui más feliz cuanto más me equivocaba.
Porque yo sé que, tal vez, no haya vencedores
pero es seguro que aquí hay vencidos.
Porque tengo la mirada del color de noviembre.
Porque me han visto ser sonido de cristales rotos.
Porque me han visto llorar metal y fuego. 
Porque mi cuerpo ha recibido el castigo de la luna.
Porque, como todos los demás, 
intento en vano parecer distinto.
Porque me siento concernido cuando la tarde llora.
Porque voy palante como los insignificantes. 
Porque empezaron por no mirarme y he terminado
por no reflejarme en los espejos.
Porque no funciono como dice el envoltorio.
Porque la noche era un circo romano
y yo, un adolescente buscando un pulgar levantado
donde no había más que dedos hostiles. 
Porque hubiera preferido seguir viviendo
sin saber que la magia tiene truco.
Porque de todas las razones para hacer el bien
a mí me ha movido siempre la peor.
El lector me aprecia porque a mí 
me ha derrotado también el general invierno.
Así que... ¿Cómo voy a contarle esto?
¿Qué pensaría de mí si supiera
que, cuando invoco tres veces tu nombre,
todo eso se me olvida,
que, cuando invoco tu nombre tres veces,
ya nada de eso importa,
que, cuando invoco tres veces tu nombre,
el frío se va y la sombra se disipa
porque tú sucedes en mi boca.


jueves, 3 de febrero de 2022

¿POR QUÉ NO CREER?

El ser humano nunca podrá volar,
decían los sabios de ayer.
Y, sin embargo, levanto la cabeza
y veo un avión pasar sobre 
los edificios del siglo veintiuno.
Sonrío, no lo puedo evitar,
vuelvo la cabeza al papel
y rompo lo que estaba
escribiéndole al lector.
¿Por qué no creer?
Voy a escribirte a ti. 


miércoles, 5 de enero de 2022

GUÁRDAME EL SECRETO


¿Sabes? en la noche de aquel cinco de enero, Melchor era el concejal de urbanismo de mi ciudad. Hoy se irá a dormir pronto en el centro penitenciario en que reside desde que le cayeron ocho años de condena por prevaricación y falsedad en documento público.

Gaspar era el jefe de la policía municipal. Lo fue hasta una mañana en la que, antes de que pudieran echarle el guante por blanqueo de capitales, despistó a la guardia civil en el aeropuerto y tomó un avión hacia vete tú a saber qué paraíso fiscal del que todavía no ha regresado.

Baltasar era el presidente de la patronal en la provincia. La cabalgata le costó una dermatitis por el betún que se echó en la cara. Al día siguiente, se dejó barba y aún no se había afeitado el domingo en que dos sicarios de un padrino bielorruso le descerrajaron tres disparos por pasarse de listo.

¿Sabes? En la noche de aquel cinco de enero, yo era el niño que miraba fascinado las carrozas de los reyes magos. Esta noche, hija, al verte dejar bajo del árbol los zapatos, uno (guárdame el secreto) sigue creyendo en la Navidad. 


jueves, 23 de diciembre de 2021

DIEGO CAMINA EN DIRECCIÓN CONTRARIA


No llores más, cabroncete,
piensa Papá Noel mientras mira al niño que tiene en el regazo. Cambia repetidamente de postura buscando la posición que permita a la madre hacer la fotografía por la que ha pagado. 

No llores, Diego, dice Papá Noel repitiendo el nombre por el que la atribulada mamá se dirige a su chaval. Papá Noel piensa que no hay comparación posible. Cierto es que el crío se llama como su nieto, pero a la vista está que es mucho más feo. 

La señora se cansa de intentarlo y, con buen criterio, se marcha con su chiquitín. Papá Noel se levanta. Ha terminado su turno. Recorre los pasillos del centro comercial hasta su vestuario. Se quita la barba, las gafas truchas y el traje rojo. Enciende un cigarro, saca el teléfono y pulsa play para volver a ver el vídeo que anoche le envío su hija. Papá Noel no se cansa de verlo. Diego lo está haciendo. Diego camina. Diego camina en dirección contraria a los diagnósticos. Diego ya ha subido el primer peldaño.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

DECIRLO AUNQUE NO SE OIGA


Si alguien dice constantemente te quiero,
pero no lo oye nadie, ¿ha dicho te quiero
alguna vez?
Por favor, aléjense de la poesía 
quienes crean que no. 

lunes, 8 de noviembre de 2021

HAY PALABRAS


Poema ganador del Concurso de Poesía Luis B Negretti 2021.

Sonrisa.
Caricia.
Abrazo.
Calor.
Hay palabras
que colapsan 
fuera de tu voz.

Verano.
Sueño.
Esperanza.
Ilusión.
Hay palabras
que se pudren
fuera de tu voz.

Boca.
Vulva.
Pecho.
Corazón.
Hay palabras
que se mueren
fuera tu voz.

Alma.
Cuerpo.
Deseo.
Amor.
Hay palabras
que no existen
fuera de tu voz.

martes, 12 de octubre de 2021

LA CABEZA EN SU SITIO

Si hablas como si tuvieras
la cabeza en su sitio,
si caminas como si tuvieras
la cabeza en su sitio,
si te comportas como si tuvieras
la cabeza en su sitio,
entonces, seguramente...
seguramente tienes el corazón roto. 

lunes, 4 de octubre de 2021

FEEL THE OCEAN

 - ¿Un tiburón? ¿En Baleal? Thiago, tú eres gilipollas, ¿no?

Fueron ésas las palabras exactas que salieron de la boca de Paulo, Feel the ocean, Henriques. A Paulo le colocaron Feel the ocean por sobrenombre cuando era un surfista imberbe y todavía, cuando ya era el propietario del chiringuito más guapo de todo Peniche, le llamaba así todo el mundo. 

- ¿Y qué si no? Entonces, ¿qué ha pasado? ¿Se lo ha tragado la mar? 

Fueron ésas las palabras exactas que salieron de la boca de Thiago Caneca. Caneca llevaba siete años trabajando como camarero en el chiringuito de Feel the ocean, pero ese verano, y sin apenas incremento salarial a cambio, a las funciones hosteleras había sumado las de instructor de surf en la escuela con la que su patrón pretendía diversificar su actividad empresarial. 

- Pero, ¿cómo carajo has podido perder al abuelo?

El abuelo no era otro que David Fox. Un súbdito británico que, junto a su esposa, constituía la clientela toda de la flamante escuela de Feel the ocean

- Qué coño voy a haber perdido yo... Ha sido cuestión de un segundo. Lo tenía perfectamente controlado, me he vuelto un momento para ocuparme de la abuela y, al girarme otra vez, su tabla estaba flotando allí pero no había ni rastro del puto abuelo.

- Y, a todo esto, ¿dónde está la abuela?

Caneca señaló hacia el exterior del chiringuito. La mirada de Feel the ocean siguió la dirección indicada por el dedo de su empleado múltiple hasta que, al fin, pudo ver a Cindy Fox, todavía con el traje de neopreno puesto, gimoteando a las puertas del local. 

El rostro de Feel the ocean fue pasando de la incredulidad a la inquietud y, de ésta, al miedo al pensar en los problemas que podían venírsele encima si míster Fox no aparecía pronto. Estuvo un rato ensimismado hasta que habló Caneca.

- Mira cómo está la pobrecilla.

- Caneca... ¿Se lo habrá llevado alguna mala corriente?

- ¿A él solo? No. Imposible. Además, la mar estaba en calma. 

- Joder... ¿Y qué hacemos?

- Podemos pedirle ayuda a Nuno. Nadie conoce estas putas aguas como él.

- No, no, no. Déjate de nunos y de hostias.

Feel the ocean hubiera dado hasta el último de sus colgantes a cambio de poder contar con la ayuda de Nuno en ese trance. Pero no era posible. Nuno tenía también una escuela de surf y, desde hacía años, había venido utilizando en arrendamiento, para almacenar las tablas y demás cuestiones de intendencia, un local propiedad de Feel the ocean.  Hasta ese verano en que, en vista del éxito de Nuno, Feel the ocean decidió montar su propia escuela y acabar con la competencia poniendo a su inquilino en la calle de un día para otro. Sin embargo, contra todo pronóstico, Nuno había conseguido reaccionar a tiempo, alquilar otro local adecuado en Baleal y mantener su escuela más viva que nunca al retener entre su clientela a la spanish storm al completo. En este punto, advierto que no voy a explicar qué es la spanish storm porque, una de dos, o el lector está familiarizado con el surf y sabe perfectamente de qué estoy hablando o no lo está y sería materialmente imposible introducir en una narración de esta naturaleza la gran cantidad de conceptos necesarios para que pudiera hacerse una idea, siquiera somera, del impacto y trascendencia que la spanish storm ha tenido en el surf de la era moderna. El caso es que ni siquiera el mismísimo Feel the ocean se sentía con el morro suficiente como para, después de todo, ir a pedirle ayuda a Nuno.

- Déjate de nunos y de hostias -repitió- y vamos a la playa. 

Cuando llegaron, Caneca comprobó con alivio que las tablas que habían estado utilizando los señores Fox seguían, sobre la arena húmeda, en el lugar donde las había dejado al ir precipitadamente a informar a su jefe del extraño suceso. Que alguien se las  hubiera llevado, hubiera podido ser lo poquísimo que le faltaba ya a Feel the ocean para sacar la mano a pasear

Nada. Ni el más mínimo detalle fuera de lo normal en la playa. Ni el más pequeño indicio del paradero de David Fox fueron capaces de encontrar a pesar de moverse durante una hora y media alrededor de la tabla buscando, ni ellos sabían qué, como una caricatura viviente de un Sherlock Holmes rastafari y su Watson penicheiro. Nada hasta que Cindy Fox llamó su atención. 

Las miradas de Feel the ocean y de Caneca fueron guiadas por el dedo índice derecho de doña Cindy hacia un pequeño llavero verde que estaba tumbado a la bartola bajo el sol como si de un veraneante agosteño se tratara. La señora les explicó que el abuelo era parroquiano asiduo de un pub de Camden y que su dueño, en pago a su fidelidad, le había obsequiado con el referido artículo. La poderosa mente comercial de Feel the ocean le hizo a éste considerar durante un momento la idea de hacer lo mismo con los borrachos más perennes de su chiringuito, pero acabó descartando el proyecto porque le pareció que, fuese cual fuese su costo, supondría sin duda un dispendio excesivo para el fin perseguido. 

Subieron un piso más en su desconcierto. Ninguno de los dos verbalizó la pregunta. Ambos sabían que no era posible encontrar la respuesta al enigma de dónde demonios se había metido el abuelo el llavero mientras vestía el traje de neopreno. Al inspeccionar la zona donde había aparecido el portallaves, Caneca creyó leer en la arena unas huellas que habría dejado impresas alguien que caminara hacia exterior de la playa. Los tres caminaron, por ello, en esa dirección a pesar de que ni Feel the ocean ni la esposa del desaparecido estuvieran en absoluto convencidos de que esas formas que se dibujaban en la arena fueran, en realidad, huellas.

- Oh, my god!

Cindy Fox no pudo reprimir este grito cuando comprobaron que el coche del abuelo no estaba en el lugar donde el matrimonio anglosajón lo había dejado estacionado cuando llegaron para tomar lo que, pensaban, iba a ser una rutinaria clase de surf. Caneca intentó consolarla con esa genuina torpeza que sólo los hombres que se consideran a sí mismos hábiles son capaces de alcanzar y, ante su fracaso, no vieron más alternativa que acercarla a su casa.

Maldita la gracia que le hizo a Feel the ocean. Se pasó todo el trayecto hasta el casoplón que los Fox habían alquilado en Bom Suceso pensando cómo decirle a la buena señora que él, para ayudar, el primero pero que, bueno, alguien tendría que indemnizarle la gasolina, ¿no? 

La normalidad era absoluta en la casa salvo que (oh, my god!) el ropero del abuelo estaba vacío y su maleta ausente. A Cindy se le quedaron los ojos como platos al ver a su marido en la pantalla de televisión. La BBC informaba de que Scotland Yard había dictado orden de busca y captura internacional contra David Fox, portavoz de los tories en la cámara de los comunes y que éste se encontraba en paradero desconocido. En este punto, miss Fox se desmayó sobre el sofá. Feel the ocean y Caneca no necesitaron abrir la boca. Se entendieron sólo con mirarse. Aprovecharon el momento para lavarse las manos, darse el piro y quitarse de en medio de aquel quilombo. 

- La que ha liado el puto abuelo.

Fueron ésas las palabras exactas que salieron de la boca de Paulo, Feel the ocean, Henriques la mañana siguiente. Pero, entonces, no había nadie para escucharlas. Estaba solo, fumando en la parte trasera del chiringuito  más guapo de todo Peniche. Miraba en dirección a la playa. Desde ahí veía a Nuno y su equipo de instructores impartir una clase magistral de surf a no menos de cincuenta personas. Él acababa de perder a su único cliente. Y qué más da, pensó sonriendo. Apuró el cigarro, lo lanzó a la tierra y lo pisó. Abrió la mochila que hasta ese momento había estado a su espalda y sacó de ella una bolsa de plástico del Pingo doce. Al abrirla mínimamente para mirar el contenido, se le dibujó otra sonrisa. ¿Sabría David Fox que, en su apresurada huida, se había dejado en el armario aquellos cien mil euros en billetes pequeños y no correlativos?

- Ay, Nuno, Nuno... ¿Cuándo aprenderás que Feel the ocean siempre gana?

Fueron ésas las palabras exactas que salieron de la boca de Paulo, Feel the ocean, Henriques. Pero, entonces, no había nadie para escucharlas.

viernes, 27 de agosto de 2021

EL ÚNICO QUE EXISTE



Tomaría todos los aplausos
que pudieran salir de la tierra, 
añadiría todos los importes
en que se mide la literatura
e, incluso, sumaría todos
los abrazos que tú no habitas
y los entregaría a cambio de poder 
parar el reloj en ese tic tac
en que la tierra gira a tu alrededor
y me miras fijamente con la sonrisa
y traes, a esa parte de mi cerebro
a la que pienso seguir llamando corazón,
la ingenua sensación
de que, entre los múltiples seres del verano,
el único que existe soy yo.

martes, 10 de agosto de 2021

EL PLOMIZO VERANO DE DOS MIL CINCUENTA Y UNO

¿Recuerdan el plomizo verano de dos mil cincuenta y uno? Estaba a punto de empezar cuando Vera aterrizó en el aeropuerto Francisco Vigueras - Alicante. Mirando desde la ventana del avión, la terminal este le resultó familiar. Supongo que es lo que le pasaría a cualquiera que llegara a una macro infraestructura de transporte diseñada por sus propios padres. Era una sensación que había experimentado muchas veces en los sitios más dispares de la Tierra, pero aquél era un lugar especial. Fue el primer proyecto de este tipo que sus padres llevaron a cabo después de que dejaran la docencia cuando Francisco, Pancho, Varona llegó al Ministerio de Universidades. Vera, para entonces, ya no sabía si recordaba directamente todo aquello o si lo que tenía en su mente no era sino el producto de lo que había oído contar en tantas sobremesas familiares. 

No han olvidado el plomizo verano de dos mil cincuenta y uno, ¿verdad? Estaba a punto de empezar cuando Eduardo aparcó su coche frente al Sueño de Jemik. Le parecía el mejor nombre que un bar hubiera tenido nunca. Máxime teniendo en cuenta que era uno de carretera. Sólo uno de ésos en que los viajeros paran a orinar a medio camino. Eduardo se detenía allí siempre que pasaba con el coche en tránsito a cualquier destino. Llevaba haciéndolo desde que era niño y sus padres le compraban la merienda, con la única interrupción, para evitar el lógico revuelo, de los años en que su madre fue alcaldesa de Madrid. Si en aquel tiempo piafante de la post pandemia alguien le hubiera dicho que, años después, iba a entrevistar a tantos políticos no hubiera podido creerlo. 

Vera dejó de mirar por la ventana cuando escuchó una ráfaga de sucesivas alertas de entrada de mensajes en su buzón de correo electrónico. ¿Cómo era posible que hubiera recibido treinta y cinco en los doce minutos que había durado el vuelo Londres - Alicante? Su vista se fijó de forma instantánea en un correo cuyo asunto era "Proyecto de presupuesto 2052". Al abrirlo, tomó el teléfono y le verbalizó su disgusto al consejero de la oficina económica. Había que empezar de nuevo, nada de lo que le había enviado el buen señor servía de nada. Dos semanas atrás un problema así le hubiera quitado alguna hora de sueño, pero desde la noche de la fiesta en el Savoy su escala de valores había cambiado de arriba a abajo.

Eduardo telefoneó a la emisora en cuanto empezó a notar los efectos del aire acondicionado en el coche. El director pretendía que hiciera El observador de esa noche desde los estudios de Alicante, pero él no tenía ninguna intención de salir al aire. Le traía sin cuidado la comisión de investigación del caso Cocifesa. Llevaba ocho años sin tomarse un día libre, su programa era el que más publicidad llevaba a la casa y, qué demonios, Laura Serafín estaba perfectamente capacitada para sustituirle. Eso sí, prometió estar disponible para cualquier tipo de consulta. El director, qué remedio, acabó aceptando, se despidieron fríamente y, acto seguido, Eduardo apagó el teléfono y lo dejó caer en el asiento trasero.

La fiesta en el Savoy empezaba a las ocho. Ese mismo día se cumplían dos años del nombramiento de Vera como embajadora de España en el Reino Unido, pero el motivo de la fiesta era otro. Esparm, el gigante español de la fabricación de armamento, acaba de adjudicarse el mayor contrato jamás ofertado por el ministerio de defensa británico y su consejo de administración le puso muy pocos límites a la celebración. Vera buscó desesperadamente una excusa que le permitiera ausentarse, pero sabía que era inevitable que la embajadora acudiera a aquella recepción.

Aquella noche Eduardo dedicó el editorial de apertura de El Observador al contrato entre Esparm y el Reino Unido. Para estupor de la cadena, que durante días había mantenido una posición crítica con el trato, defendió, apoyó y aplaudió lo que calificó del mayor éxito español en la última década. Después, en la tertulia de análisis de la actualidad que constituía en núcleo del programa, se enzarzó con todos sus contertulios en defensa de su opinión, más que favorable, al contrato de suministro de armamento y, por si todo esto fuera poco, terminó por felicitar a José Ángel Cuesta, máximo accionista y presidente de Esparm, que entró en directo desde el hotel Savoy de Londres. Cuando sonaba la sintonía de despedida de El Observador, el director de la cadena experimentaba ya una acidez de estómago de la que nunca llegó a reponerse del todo.

Vera vio cómo José Ángel Cuesta regresaba al salón. Había estado unos minutos atendiendo a la prensa española en el pasillo. Los años de ejercicio de la carrera diplomática permitieron a Vera esconder el desagrado que le produjo comprobar que el presidente de Esparm se dirigía decididamente hacia ella. Al poco rato,  le pareció que su sueldo de embajadora no era suficiente recompensa por tener que soportar el tostón de una conversación artificialmente alargada por el empresario. Por un lado, éste no tenía intención de desaprovechar la oportunidad de buscar la complicidad e influencia de la primera autoridad española en un mercado tan importante para él como el Reino Unido y, por otro, por qué no decirlo, Cuesta sabía que no iba a encontrar el color de los ojos de Vera en ninguna otra mirada. Así que, cuando le fue imposible prolongar su perorata por más tiempo, le rogó poder continuar aquella charla en un momento más propicio. Vera, que no tenía intención de proporcionarle ninguna información de carácter personal más allá de la estrictamente necesaria, indicó al presidente de Esparm que podía escribir a la dirección de correo electrónico de la embajada que figuraba en la página web de la legación.

A las nueve y media de la mañana siguiente, Eduardo se estaba desayunando una bronca del director de la emisora tamaño XXL. Para el director, la ecuación era sencilla. "Somos una puta emisora de izquierdas. Nuestros oyentes son de izquierdas. Si decimos que es cojonudo que un empresario dé el pelotazo padre vendiendo armas, dejarán de oírnos. Si dejan de oírnos, no entrará publicidad. Y, si no entra publicidad, tú y yo nos vamos a la puta calle." Eduardo no tenía intención de desdecirse de su opinión en ninguna circunstancia. Primero porque, para él, la única forma posible de hacer periodismo era decirle al oyente lo que uno verdaderamente piensa. Segundo porque, con los datos del último EGM en la mano, se sentía intocable.

Vera llevaba trabajando desde las ocho menos cuarto de la mañana. A mediodía, no se había levantado de la mesa ni siquiera un momento. Notó el rigor en el cuello, estiró los brazos, se incorporó y caminó en círculo por su despacho con un sándwich de queso en una mano y una coca cola zero - zero en la otra. El último trago lo dio, de nuevo, sentada en su silla negra y ojeando la bandeja de correos no leídos. ¿Cómo era posible que hubiera recibido veinte en los ocho minutos que había durado su comida? El más distante en el tiempo era del presidente de Esparm. Pffff...

Eduardo había escrito ya los dos primeros párrafos del editorial para esa noche. Iba a poner un punto más de intensidad en la defensa del acuerdo, pero dudó si no sería demasiado. A partir de ahí, su pensamiento empezó a divagar y, de pronto, se vio preguntándose a sí mismo si no debería haberse buscado otro tipo de trabajo. Uno en el que no tuviera que opinar sobre todo. Posicionarse ante cualquier suceso. Su hermana, por ejemplo, no tenía esos problemas. La vida de primera soprano de la ópera de Nueva York, sin duda, tenía sus sacrificios pero, salvo cuando estaba en el escenario unas pocas veces al mes, podía afrontarlos con más tranquilidad. El periodismo político era estar siempre en primera línea de fuego. Quizá él también debió probar suerte en el bel canto. Aunque no llegaba a las cotas de su hermana, su voz tampoco era desdeñable... "En fin, Edu, déjate de gilipolleces y ponte a currar...", se dijo mientras devolvía la vista al ordenador.

El correo de José Ángel Cuesta venía cargado de archivos que mostraban la fotografía del trato de su empresa con el Reino Unido desde todos los puntos de vista posibles. A Vera le llamó la atención el nombre de la última hoja excel. A diferencia de todos los demás documentos, que habían sido nombrados con palabras propias del campo semántico de la empresa como "balance", "presupuesto" o "estrategia", éste se llamaba "Panteón". Cuando lo abrió, examinó su contenido varias veces con atención creciente y entendió que aquello era una relación inagotable de nombres en clave y cantidades de dinero, se quedó estupefacta al darse cuenta de que aquel imbécil hubiera sido capaz de enviarle por error la contabilidad del pastón en mordidas que Esparm había repartido para hacerse con el contrato.

¡Vaaaaaamos! ¡De puta madre! Eduardo estaba eufórico. Acababa de confirmar la presencia del ministro de asuntos exteriores en su programa. En directo. En el estudio. Otro repaso a la competencia. Oficialmente, el gobierno español estaba unido y en contra del acuerdo Esparm - Reino Unido, pero todo el mundo sabía que de unidad, nada, que el ministro de asuntos exteriores siempre había estado a favor y que había desplegado toda su capacidad de influencia para llevar adelante el proyecto. Eduardo estaba seguro de que la entrevista de esa noche iba a ser la bomba. Cerró los ojos buscando la mayor concentración posible que le permitiera esbozar un cuestionario base contundente.

La cabeza de Vera daba vueltas. No sabía qué hacer con la información que acababa de recibir. No estaba preparada para eso. Pensó que, probablemente, nadie lo estaba. ¿Se habría dado cuenta el presidente de Esparm de que le había enviado ese archivo incriminatorio? ¿Era de esa clase de personas que revisa sus propios correos electrónicos después de enviarlos? ¿Estaba en peligro? Concluyó que, en un caso como éste, la obligación de toda funcionaria era poner los hechos en conocimiento de su superior jerárquico y, siendo la embajadora de España en el Reino Unido, ése no era otro que el ministro español de asuntos exteriores.

Eduardo frunció el ceño. Habían llamado del ministerio de exteriores. El ministro iba a acudir directamente a la entrevista, pero anulaba la cena previa al programa que habían acordado compartir. Había surgido un asunto urgente. Algo se estaba cociendo. Eduardo frunció el ceño.

Vera, sentada en el asiento trasero del coche oficial que la llevaba desde la embajada a su residencia, estaba agotada y aliviada. Agotada porque los treinta minutos que había durado la videoconferencia con el ministro le habían parecido horas. Aliviada porque éste le había agradecido calurosamente que le hiciera partícipe de una información tan delicada y le había garantizado que, a partir de ese momento, podía olvidarse del asunto puesto que él, como jefe de la diplomacia española, iba a encargarse de solucionarlo de la forma menos gravosa para los intereses del estado. Vera estaba agotada y aliviada. Hasta que una bala del calibre treinta y tres entró en el coche atravesando el cristal de una de las ventanillas.

Faltaban tres minutos para que empezara El Observador. El ministro no había aparecido. Ni una explicación. Eduardo entró en el estudio. Decidió que iba a darle una buena tunda a ese cabrón mientras sonaba la sintonía del programa. "Buenas noches, señoras y señores" dijo a la audiencia. Luego quedó en un breve, pero incómodo, silencio al ver entrar al ministro de exteriores en el estudio.

Vera fue conducida a toda prisa a su residencia por el personal de seguridad de la embajada. Milagrosamente, el chófer y ella habían salido ilesos. Un centímetro más a la derecha y... Aunque estaba demasiado asustada para llorar, cuando se quedó sola, se llevó las manos a la cara. ¿Cómo podía estar envuelta en aquello? Esas cosas sólo pasaban en las novelas de su hermano que, formando la saga Crónicas kilesas, había leído todo el mundo en todas las lenguas conocidas. Ay, su hermano... pensó durante un segundo en contarle el lío en que se había metido, pero descartó la idea inmediatamente. Sólo serviría para preocuparle. 

Eduardo y el ministro de asuntos exteriores se despidieron con un fuerte apretón de manos. La entrevista había durado mucho más de lo previsto. Tanto que El Observador había invadido el horario del programa deportivo posterior. Eduardo miró su teléfono. Mensajes, interacciones en redes sociales, felicitaciones. Había vuelto a conseguirlo.

¿Y ahora qué? Vera no encontraba respuestas. ¿Quién estaba detrás del disparo? ¿El ministro? ¿El presidente de Esparm? ¿Ambos? ¿Podía fiarse de alguien? 

Eduardo llegó a casa pasadas las dos menos cuarto. No había cenado. Estaba muerto de hambre. Llenó de agua una olla exprés e introdujo dos patatas y un huevo con el objetivo de comérselos hervidos y aliñados con aceite y sal. Sin embargo, no llegó a hacerlo. Se quedó dormido en el sofá antes de alcanzarse el punto de cocción necesario. Afortunadamente, el sistema de apagado automático de la vitrocerámica le libró de morir en una casa incendiada. 

Vera comprobó qué larga puede hacérsele la noche londinense a alguien que no puede conciliar el sueño. El reflejo de la luna entraba por la ventana del baño cuando pasó a refrescarse la cara y la nuca en el lavabo. Se miró al espejo y se dijo sí misma en silencio que sólo había una forma de intentar salir de aquello.

Eduardo estaba otra vez en el estudio cuando sonaron las señales horarias de las ocho de la mañana. Inmediatamente después, tomó la palabra para dar la mayor exclusiva periodística de las últimas décadas. ¿Recuerdan el plomizo verano de dos mil cincuenta y uno? Estaba a punto de empezar cuando estalló el caso Panteón.

Vera ya no tenía miedo. Los líderes de la trama estaban en paradero desconocido pero, al haberse hecho público todo el tinglado, ya no había razón para que actuaran contra ella. No han olvidado el plomizo verano de dos mil cincuenta y uno, ¿verdad? Estaba a punto de empezar cuando los gobiernos británico y español cayeron en el plazo de cuarenta y ocho horas.

Dos semanas después, Eduardo, tras cuarenta y cinco minutos dando vueltas por el centro de Alicante, consiguió encontrar aparcamiento. Cuando aún no se había alejado cincuenta metros del coche, ya notó que una película de sudor fino cubría su frente. Masculló una maldición entre dientes. No era el momento de sudar.

Vera entró en Clan Cabaret diez minutos antes de las ocho. Ocupó la única mesa libre que encontró. Desde allí, recorrió toda la estancia con los ojos hasta que éstos se toparon con la televisión. No escuchaba nada desde allí, pero era evidente que un reportero informaba acerca de las novedades del partido del día siguiente. No hubiera viajado para ver ningún otro partido de fútbol. Sin embargo, ¿Cómo iba a perderse ése?

Eduardo no era el único periodista que había viajado a Alicante ese día, víspera de la semifinal de la copa de Europa que iba a disputarse en el Rico Pérez. Pero, probablemente, sí era el único que lo había hecho por razones distintas a las laborales. Chelsea - Hércules. Cómo le hubiera gustado al viejo, pensó mientras cruzaba la puerta de Clan Cabaret, ver este partido. Evocarle, le hizo retroceder a su infancia, al tiempo en que su padre solía decir que acabaría teniendo algo con ella. Si era sincero consigo mismo, debía admitirse que nunca había estado seguro de si acertaba o se equivocaba. ¿Y qué más daba eso? No era momento de buscar certezas. Bastante tenía Eduardo con reprimir la lágrima que le brotó cuando tuvo delante, otra vez, la sonrisa de Vera y sintió que había vuelto a casa.




lunes, 5 de julio de 2021

DISECCIÓN DEL PARAÍSO


Es un hecho inobjetable
que mis poemas están alcanzando
una creciente difusión.
Últimamente, llegan a lectores
de muy diversa ubicación, oficio
pensamiento, clase y capacidades. 
Es decir que usted, al otro lado
de estas líneas, bien pudiera ser
médico, charcutero, novicia,
espiritista, frutero... qué sé yo.
Así que, como nadie me asegura
que no me está leyendo un dios, un hada
o cualquier otro profesional 
de la realización del deseo, 
voy a pedir lo que pido siempre 
que me veo en una de esas
situaciones de pedir lo que uno quiere
cuando una luz corre por el cielo. 
Mi deseo es que me lleve con ella 
a un lugar en su mejor momento,
con mar, con buen clima, con buena gente,
con exuberante gastronomía,
con un alto nivel de vida,
con críticos que aplaudan mis cosas
y con una paz a prueba de imbéciles. 

Nota: sepa usted que todo eso de la paz,
los aplausos, el alto nivel de vida, 
la gastronomía, la buena gente,
el buen clima, el buen momento 
e, incluso, el mar es palabrería
perfectamente prescindible, 
tonterías que uno escribe
para no dejar tanto espacio en blanco,
cuestiones de vida o muerte
que ya no importan cuando ella sonríe.